«El mensajero» (relato)

Por distintos motivos que no conviene comentar en estas primeras líneas, recordé hace poco un relato de ciencia ficción que escribí hace ya unos 30 años, cuando era joven y productivo 😉

He intentado corregir los excesos de la redacción original (como dijo Borges alguna vez «todo escritor comienza siendo barroco»), ya me dirás si lo he conseguido.


El mensajero

El tiempo de reacción del cual dispuso el capitán fue extremadamente breve. La composición metálica del objeto y su escasa densidad mostraban sin lugar a dudas que era artificial, no una simple roca, por lo que sin pensarlo dos veces ordenó capturarlo, igualando su velocidad a la de la nave.

La pequeña sonda fue así recuperada, pero a un gran costo y con un enorme riesgo: una pequeña falla en el campo de empuje y se habrían estrellado contra ella a prácticamente la velocidad de la luz. Era evidente el que recibiría una fuerte amonestación cuando llegasen a destino… Para colmo el escaso tiempo no permitió tomar buenas mediciones de su curso ni de su velocidad, por lo que era imposible decir de dónde provenía.

¡Pero qué importaba todo eso ahora! Ya nada podría empañar el enorme descubrimiento que acababa de hacer.

Evidentemente se trataba de una sonda de exploración planetaria, lanzada en los albores de alguna civilización técnica quizás desaparecida: la antena de «largo» alcance que cubría toda una de sus caras, aquellos objetos que deberían ser cámaras, el pequeño generador por isótopos radiactivos hace ya mucho extinto que se proyectaba lejos del cuerpo principal… todo lo mostraba.

Pero entre todos esos objetos, fácilmente reconocibles con un poco de imaginación, había algo que resaltaba extrañamente y que no parecía encajar en nada: Un disco dorado, rayado por golpes de micrometeoritos y extraños dibujos aún reconocibles, llamaba la atención sobre uno de los flancos de la sonda. Tenía electrochapado una fuente de uranio 238 que indicaba una antigüedad de unos doscientos mil años, lo suficiente como para haber llegado hasta allí desde casi cualquier lado.

Al extraer la placa circular lo sorprendió la existencia de otro disco que se ocultaba detrás del anterior y que estaba recorrido por un fino surco que trazaba una apretada espiral sobre cada una de sus caras. En el centro de la cara que miraba hacia la sonda se veía un grabado ciertamente desconcertante del cual se ocuparía a su debido tiempo.

También encontró una pequeña pieza metálica guardada allí, último detalle de una tríada de misterios.

«La clave debe estar en la cubierta», se dijo, mientras realizaba un escaneo tridimensional de todas las piezas.

 

Pero, ¿por dónde empezar? Bueno, ese círculo dibujado allí solo podía representar al disco interior y eso marcado en su periferia era un diagrama de la pieza de metal: al parecer, la parte aguda de esta última debía entrar en contacto con el disco, pero ¿para qué? ¿Y qué había que hacer con el otro extremo? ¿Habría dentro de la sonda algo donde conectarlo? No, debía ser otra cosa: en los inicios de toda cultura espacial el peso era un factor crítico y hasta los escasos gramos de los discos debieron ser cuidadosamente considerados a la hora del despegue.

A continuación del círculo —¿debajo?, ¿a un costado?— se veía una línea que debía representar al disco visto de canto ya que también poseía sobre su extremo un diagrama de la pieza de metal. Aparentemente la parte aguda de la misma debía ir en contacto con el surco.

Algo intrigante eran las líneas cortas que rodeaban al círculo y que también se hallaban junto al «disco de perfil». ¿Notación binaria? Pero si lo eran, ¿en qué sentido debían leerse? De los dos tipos de líneas, ¿cuál representaba al cero y cuál a la unidad? Y más importante aún, ¿de qué servían esos números?

Examinó una imagen ampliada del surco, notando una cierta regularidad en sus irregulares paredes. Tal vez la pieza de metal debía recorrer el surco para detectar sus rugosidades y transformarlas en vibraciones, las cuales podían contener muchísima más información que algunos simples dibujos. Eso no solo indicaba el sentido en el que debían leerse los números —el de la espiral—, sino que también daba sus significados: el que estaba en torno al círculo debía dar el período en el cual la pieza tendría que dar una vuelta, mientras que el que estaba debajo del disco-de-perfil, que era mayor, debía indicar la duración total… ¿pero en qué unidades? Ese dato tendría que estar en alguno de los otros dibujos.

El de arriba a la derecha mostraba tres períodos de una típica función de onda, los cuales estaban indicados por dígitos binarios sobre los mismos. Esto confirmaba que el disco era un registro vibratorio. Debajo del primer período se hallaba otro número, otra duración. Ciertamente no era eso lo que buscaba.

Una línea quebrada y dos rectángulos, el primero con un trazo zigzagueante y el otro con un perfecto círculo: al parecer esas vibraciones debían usarse para construir imágenes, pero si no hallaba el período unidad tardaría mucho en obtenerlas.

El dibujo inferior izquierdo era más interesante: varias líneas de distinta longitud confluían en un centro común, cada una con un número a su lado. Ese dibujo tenía toda la apariencia de ser un mapa en el que se indicaba la ubicación del sistema de origen de la sonda respecto de algunos hitos astronómicos… aunque por otro lado esos números deberían necesariamente ser otros períodos, ya que de lo contrario se haría muy confusa la notación. Pero, ¿períodos? ¡Por supuesto! ¡Ese mapa debía indicar la posición relativa respecto de un grupo de púlsares! El período de un púlsar es casi como su huella digital y conociendo la antigüedad del plano y las distancias relativas a cada uno de los púlsares —dadas por las longitudes de los segmentos—, se podría encontrar la estrella de la cual provenía la sonda. ¡Brillante!

Pues bien, lo único que podía dar el período buscado era ese pequeño dibujo de abajo a la derecha. Estaba formado por dos círculos, el centro de cada uno con un pequeño guion vertical rematado en su extremo superior por un grueso punto. El cenit de ambos círculos estaba atravesado por otro de esos guiones, el de la derecha igual al interior mientras que el de la izquierda se hallaba invertido —Uno entrando y otro saliendo, ¿por qué habría pensado en ello?—. Ambos círculos se hallaban unidos por una raya horizontal debajo de la cual se encontraba un dígito binario, un uno.

Esa debía ser la unidad de tiempo que estaba buscando. Ese era un esquema que representaba un proceso fundamental de la naturaleza cuya duración era conocida por todos en el universo.

Había muchas cosas fundamentales en la naturaleza, pero ¿cuál era la más fundamental?, ¿cuál habrían elegido los constructores?

El hidrógeno era un buen candidato.

Uno entrando y otro saliendo.

¡Por supuesto! ¡El diagrama mostraba una transición entre los dos estados más bajos del hidrógeno! ¡Esa era la unidad de tiempo!

 

Hubiera sido relativamente sencillo el descubrir el origen de la sonda mediante el mapa de púlsares de la placa, por lo que se volcó a la opción, mucho más interesante, de descubrirlo mediante el mensaje del disco.

Pasó varios días mejorando el sistema para leer las imágenes, ya que si bien la idea era simple tenía que construir todo desde cero.

La primera imagen que obtuvo fue un ligeramente achatado círculo. Era ahora evidente el por qué la secuencia de la placa que explicaba la formación de imágenes concluía con esa simple figura geométrica: era el modo de indicar que todo andaba bien. Aunque él tuvo algunos problemas ya que con esa primera imagen se dio cuenta de que estaba «estirando» lo que formaba, mientras que la segunda imagen —un fragmento del mapa de púlsares con el agregado de una galaxia espiral típica, seguramente M-31— le dijo que las estaba reproduciendo invertidas.

Luego de «ajustar» su sistema de reproducción continuó mirando con lentitud lo que obtenía, refrenando deliberadamente su ansiedad. La siguiente imagen podía denominarse «diccionario de definiciones matemáticas», ya que con una serie de puntos y notación binaria enseñaba los símbolos y las convenciones de las operaciones matemáticas básicas.

La cuarta figura definía las magnitudes físicas de masa, tiempo y longitud, usando siempre como patrón al átomo de hidrógeno. De eso se ocuparían otros.

Dos figuras mostraban lo que parecía ser el esquema de un sistema solar, con datos de masa y diámetro de cada uno de los planetas y de su sol, con las distancias medias entre éste y aquellos.

Inconfundibles primeros planos estelares daban paso a un igualmente inconfundible espectro de emisión, el cual fijaba sin lugar a dudas las características de esa estrella.

Pero a partir de allí había algo que no andaba bien: a la imagen del espectro le seguían otras dos que eran iguales a ésta, solo cambiados los tonos de grises. ¿Para qué repetir tres veces la misma imagen? Tal vez… ¡era una imagen a color! Sería fácil descubrir cuál era la verdadera apariencia de ese espectro dado que es una característica del tipo de estrella, por lo tanto podía utilizar esas tres imágenes para saber cuánto rojo, azul y verde debían ser mezclados para obtener el color correcto. ¡Interesante!

Pasó las siguientes horas revisando, y llevando a la práctica, esa posibilidad.

 

Las siguientes cuatro imágenes eran primeros planos planetarios, que por los datos que mostraban debían ser el primero, el cuarto, el quinto y el tercer planeta del sistema. Este último estaba en color, lo que indicaría que ese era el origen de la sonda.

Por un momento creyó reconocer a ese azul mundo, evidentemente oceánico, que estaba contemplando, pero no se preocupó demasiado por ello ya que en su trabajo no era completamente imposible el que lo hubiera visitado alguna vez.

Luego de pasar rápidamente una serie de definiciones de química se encontró ante una inconfundible cadena de ADN. «No es posible», se dijo, ya que esa era la molécula de la herencia exclusiva del planeta Tierra, cuna de su civilización.

«La Tierra», se dijo, y recordó que había visto el azul mundo de sus antepasados hacía casi un siglo de su tiempo local, cuando se decidió a conocer de dónde provenía su raza.

Ocho figuras mostraban huesos, músculos y órganos que prácticamente no diferían de los suyos.

Encontró diagramas de los órganos de reproducción. Un óvulo a punto de ser fecundado y la forma en que empieza a dividirse, el desarrollo fetal, el nacimiento…

Y a continuación, primeros planos de seres humanos.

Diagramas indicando la estructura de la Tierra. La deriva continental. Otras imágenes.

Costas oceánicas. Un río rodeado de bosques y con un fondo de montañas. Un desierto. Un valle muy erosionado.

Y árboles y hojas. Un insecto. Un diagrama simple mostrando la evolución, su evolución.

Una concha marina. Mamíferos acuáticos. Un hombre buceando… Imágenes de un mundo, su mundo, obtenidas por una raza, su raza, centenares de milenios atrás.

Luego vendrían diversas actividades humanas: muestras de arquitectura, templos, ciudades, humanos. Vehículos, edificios, radiotelescopios, libros. Un hombre flotando en torno a su mundo. Una primitiva nave espacial elevándose verticalmente de la superficie.

Un atardecer.

Cuatro personas sosteniendo instrumentos con un fin evidentemente musical daban paso a la última imagen: uno de esos instrumentos, el más pequeño, se hallaba sobre una hoja de algún material en la que se destacaba una sucesión ordenada de símbolos, líneas y círculos que hablaban el idioma de la emoción humana.

En su estupor tardaría mucho en darse cuenta de que las últimas señales de esa cara del disco no eran imágenes, sino música: la Cavatina del Cuarteto para Cuerdas Nº 13 de Beethoven, que volvería completa al final de la otra cara del disco. Allí no habría ya imágenes, sino sonidos, saludos en idiomas olvidados y música que no debería olvidarse. Los murmullos de un mundo que se hallaba a doscientos mil años en el pasado: una nimiedad, en la escala en que se maneja el cosmos.

Los símbolos que él había traducido habían sido creados por sus propios antepasados, los que hablaban en términos de su época con signos que hacía milenios habían sido abandonados.

Cuando logró recuperarse se lanzó con frenesí sobre los libros de historia almacenados en la memoria de la nave.

«…Misiones Voyager al sistema solar exterior. Dos naves de exploración que realizaron importantes aportes al conocimiento de su era […] Cada nave transportaba un disco de oro en el que se resumían las imágenes y la música de la Tierra y su humanidad al comienzo de la civilización técnica…»


Notas con spoilers

Clic para saber más

Para saber más sobre las Voyager, puedes consultar este artículo del blog de Daniel Marín

La historia de las Voyager, los mensajeros interestelares de la humanidad

o este otro

Una visita al reino de las lunas oscuras del séptimo planeta (30 años del sobrevuelo de Urano por la Voyager 2)

o simplemente usa el buscador del blog Eureka.

Y si quieres un ejemplo de la relevancia que las Voyager siguen teniendo hoy en día, más de cuatro décadas después de su lanzamiento, te dejo con este artículo de Francisco Villatoro

Voyager-1 y AMS-02 excluyen los agujeros negros sublunares como materia oscura

Vamos, que han sido fenomenales.

En su momento, para escribir este cuento el libro «Murmullos de la Tierra, el mensaje interestelar del Voyager» fue sumamente útil 😉

Anuncios

¡Ardilla!

Hace un par de años visité Londres. Del centenar de fotos que saqué durante el viaje, quiero hoy compartir la menos representativa de todas. Aquí tienes por lo tanto una ardilla londinense comiendo una británica nuez. O algo así. Sin relación con el brexit.

Una aplicación libre para crear árboles filogenéticos

Un artículo atípico (y «fuera de programa») para comentar rápidamente algo muy interesante que he encontrado recientemente:

Tree of Life Explorer

Esta aplicación web completamente libre (el código está disponible en GitHub) ha sido creada por la gente del magnífico canal de youtube MinuteEarth para construir, justamente, «árboles de la vida» que muestren relaciones entre especies, sus clados, taxones, información sobre las especies relacionadas, todo lo que sea necesario. La aplicación nos permite buscar nosotros mismos las relaciones entre las especies que queramos sin limitaciones por lo que toda la estructura es dinámica, y además nos ofrece información sobre cada elemento en particular, rápidamente accesible desde los menús. Los árboles así creados pueden ser editados, recortados, extendidos, lo que queramos.

Los datos que utiliza la aplicación provienen mayormente de The Open Tree of Life API, una base de datos de acceso libre que se mantiene actualizada constantemente.

En fin, una hermosa herramienta didáctica para todos los interesados en la biología y la evolución.

Nada más de mi parte. Pero antes de que te vayas a jugar con la aplicación (y yo me vaya a dormir, que ya bastante estuve jugando), te dejo con los dos vídeos donde se presenta el tema:

La historia más allá de los nombres

La ley de eponimia de Stigler, postulada en 1980, establece que ningún descubrimiento científico recibe el nombre de quien lo ha descubierto. Para demostrarlo, Stigler indica que quien primero formuló la ley que hoy lleva su nombre fue en realidad el sociólogo Robert K. Merton, aunque ideas semejantes fueron planteadas mucho antes por mucha gente.

Lo cual solo refuerza el valor de esta «ley».

Pero no nos detengamos es su apariencia de anécdota simpática: la ley de Stigler debería ayudarnos a reflexionar sobre la historia misma del desarrollo del pensamiento.

Cuando Thomas Kuhn desafió la idea de que el conocimiento evoluciona en forma «suave y acumulativa» cometió el error de ir al extremo ideológico opuesto: propuso que el conocimiento tiene claros «saltos» en su desarrollo, que él llamó revoluciones. Su idea era que luego de un período de business as usual, siempre comienzan a aparecer evidencias de que algo no va bien, generando una tensión que se transforma en crisis para finalmente resolverse con un «cambios de paradigma». Después de todo, esa idea parece llevarse bien con la narrativa que nos ofrecen los libros de historia: Primero Copérnico, luego Galileo, luego Newton, luego Einstein… y ahora solo nos queda esperar quién sigue en la lista de «heroicos revolucionarios».

El problema con todo esto es que la realidad, especialmente la realidad humana en su contexto histórico, es siempre más complicada de lo que nos gustaría admitir. Veamos un ejemplo.

En la narrativa tradicional suele ponerse la «revolución copernicana» como un punto de inflexión que cambió radicalmente la historia del pensamiento científico, pero ¿fue esto realmente así? Pues… no exactamente. No solo hablar de Ciencia, así con mayúsculas, antes del siglo XVIII es un tanto «incorrecto» (para ser suaves): Nicole Oresme discutió el heliocentrismo y una forma del principio de inercia más de un siglo antes de Copérnico y dos siglos antes de Galileo.

Y eso incluso si decidimos no hablar de Aristarco de Samos, que no solo propuso el modelo heliocéntrico en el tercer siglo antes de Cristo: ¡también colocó los planetas conocidos en el orden correcto!

Primer no: el libro de Copérnico no fue «revolucionario» en el sentido de contener ideas que nadie había pensado antes ya que mucha gente las había pensado antes. Pero un momento, me dirás, seguramente aportaba pruebas astronómicas de su modelo, ¿verdad? Pues aquí viene el segundo no: el libro es un centenar de páginas con las ideas de base seguidas de tablas y tablas de observaciones astronómicas… que él no realizó. Las primeras pruebas astronómicas en contra del geocentrismo las encontró Galileo al ver que había objetos (las lunas de Júpiter) que claramente giraban alrededor de un cuerpo distinto de la Tierra. Pero entonces tenía seguramente cálculos más completos y precisos que los existentes en la época, ¿verdad? Pues tampoco: no solo comete algunos errores matemáticos, Copérnico sigue utilizando esferas de cristal y epiciclos tal y como lo hacía Ptolomeo. Él solo cambió el centro de las órbitas de los planetas, sacándolo de la Tierra para llevarlo a un punto cercano al Sol (no el centro del Sol), idea que ya vimos no era nueva. De hecho, el propio Copérnico admite en el texto que el mejor argumento que tenía para sostener sus ideas era que resultaban «intelectualmente satisfactorias».

Círculos (incluyendo alguno excéntrico) y epiciclos en De revolutionibus orbium coelestium (la edición que tengo es parte de On The Shoulders of Giants, editado por Stephen Hawking). Y sí, otra vez una foto con la cámara del móvil.

Entonces, ¿en qué consistió realmente la «revolución copernicana», te preguntarás? Pues podría decirse que a partir de ella mucha más gente que antes comenzó a considerar el modelo heliocéntrico como algo que merecía una discusión. Antes la idea había pasado sin pena ni gloria y a partir del Revolutionibus mucha gente la tenía presente, para bien (Kepler, Galileo) y para mal (la iglesia). Es decir, la revolución copernicana consistió en presentar una idea conocida (heliocentrismo), con un modelo matemático conocido (esferas y epiciclos) en un modo que generó discusión. Lo cual no está nada mal, pero ¿es correcto tomar este punto como el centro de la «revolución» científica?

De hecho, podríamos argumentar que el cambio de paradigma en astronomía se dio en realidad más de cinco décadas más tarde con Johannes Kepler, quien tomó los magníficos datos experimentales de Tycho Brahe y buscó la mejor forma matemática que los explicara, llegando a sus tres leyes del movimiento planetario. ¿No debería ser Kepler el héroe de esta historia?

Uno de los peores pecados de la divulgación científica en particular y de la educación en general es la maldita costumbre de simplificar las cosas más de lo necesario, creando narrativas llenas de héroes y villanos más cercanos al estilo Hollywood que a la realidad. Las historias nunca son simples, los cambios nunca resultan bien definidos, las revoluciones nunca son creadas por un solo individuo en un único momento de gloria.

Asignar un único nombre al rol de «héroe», sea este Copérnico, Kepler, quien sea, es simplificar demasiado las cosas.

Quizás el mejor ejemplo de que las cosas humanas son siempre más complicadas de lo que un simple modelo pueda presentarnos es el gran revolucionario Sir Isaac Newton. Parafraseando a Neil DeGrass Tyson (quien más de una vez ha caído en el pecado mencionado más arriba) podemos decir que «Newton descubrió las leyes de la óptica, las leyes del movimiento de los cuerpos y la ley de gravitación universal, inventó el cálculo diferencial e integral y luego de eso cumplió 26 años». Newton fue ciertamente una figura clave en una revolución científica que cambió nuestro modo de ver el mundo, pero como persona inteligente que era fue capaz de encontrar no solo una explicación para los fenómenos naturales, sino también para su propia obra, diciendo en una carta escrita en 1675 a Robert Hook:

If I have seen further it is by standing on the shoulders of Giants.

(Si he visto más allá es por estar de pie sobre los hombros de Gigantes —referencia).

Newton fue un genio, posiblemente el más brillante físico teórico de todos los tiempos, pero todo lo que hizo tiene su sólida raíz en muchas cosas hechas por muchas otras personas antes de él: sin Galileo y sin Kepler, Newton no hubiera llegado tan lejos. La revolución científica necesita de la acumulación metódica de conocimientos y esta necesita de aquella: ambas están tan intricadamente relacionadas que hablar de una sin mencionar la otra es como tratar de hablar de las olas del mar sin mencionar al viento y a las mareas.

Dos trucos WordPress: tablas y «enlaces internos»

Sí, sí, que este año también hablaré de tipografía, WordPress y las cosas de siempre. Al menos un poco. En fin, que hoy tocan dos temas. El primero las «tablas». Que deberían llamarse cuadros, pero yo ya me he rendido. Tablas. Tendré que acostumbrarme. El segundo tema es cómo realizar un índice interno en un artículo o página de tu sitio WordPress.


 

Tablas en WordPress, pero sin utilizar complementos

El editor por defecto de WordPress no nos da opciones para crear tablas, pero es posible hacerlas sin problemas. Compara esta

Cabecera 1

Cabecera 2

Cabecera 3

Contenido 11

Contenido 12

Contenido 13

Contenido 21

Contenido 22

Contenido 23

Con esta

Cabecera 1 Cabecera 2 Cabecera 3
Contenido 11 Contenido 12 Contenido 13
Contenido 21 Contenido 22 Contenido 23

Diferentes, ¿verdad? La primera la he creado en Writer dándole formato y luego copiando y pegando, pero la verdad es que no ha quedado muy parecida a la original: el código HTML que se genera es un tanto extraño. La segunda la he creado rápidamente con el siguiente servicio en línea

HTML Table generator

Se le da el formato, se copia el código que genera al portapapeles y se pega en el editor de texto de WordPress (la pestaña HTML). Allí puedes elegir tipo de fuente, tamaño, colores, lo que te plazca. Puedes importar el contenido de la tabla desde el portapapeles o desde un archivo. Todo es muy simple de utilizar, por lo que te dejo jugar con el servicio.

Enlaces internos en un artículo

Como puedes ver, puedes ir del índice que se encuentra al inicio del artículo a cada parte título y de este regresar al índice. En lugar de entrar en explicaciones liosas, te dejo con el código que he utilizado (insertándolo en el editor HTML, como siempre)

Para el «índice» (me salteo la parte del «marco» que eso ya lo he explicado):

<ul>
 	<li><a class="sdfootnoteanc" href="#sdfootnote1sym" name="sdfootnote1anc">Tablas en WordPress, pero sin utilizar complementos</a></li>
 	<li><a class="sdfootnoteanc" href="#sdfootnote2sym" name="sdfootnote2anc">Enlaces internos en un artículo</a></li>
</ul>

Para el primer título:

<h2><a class="sdfootnotesym" href="#sdfootnote1anc" name="sdfootnote1sym">Tablas en WordPress, pero sin utilizar complementos</a></h2>

Para el segundo título:

<h2><a class="sdfootnotesym" href="#sdfootnote2anc" name="sdfootnote2sym">Enlaces internos en un artículo</a></h2>

¡Ten cuidado con la numeración de las etiquetas!

Estos enlaces internos también pueden ser llamados desde otro artículo o página: simplemente utiliza como dirección

url-del-artículo-o-página#etiqueta

donde las dos etiquetas utilizadas en este artículo son sdfootnote1sym y sdfootnote2sym. Por ejemplo

https://elpinguinotolkiano.wordpress.com/2019/02/28/dos-trucos-wordpress-tablas-y-enlaces-internos/#sdfootnote1sym

o lo que uso para la lista de artículos sobre fuentes tipográficas

https://elpinguinotolkiano.wordpress.com/entradas-destacadas/#fuentes

Claramente esto también puede utilizarse para insertar «notas al pie» en los artículos como he hecho aquí, pero te dejo la tarea de descubrir los detalles.

¡Todo listo!

El problema de los genéricos de clase

Decir «compañeros y compañeras» o «amigos y amigas» es pesadamente redundante por lo que conviene utilizar un genérico de clase. El problema, claro está, es que en castellano este genérico es idéntico al masculino, independientemente de qué tan mixto sea el grupo.

Mucha gente ve en esto otra expresión más de una sociedad que históricamente se ha caracterizado por ser recalcitrantemente machista. El tema tiene su tela, por supuesto. Considera por ejemplo esta vieja entrada del profesor Bustos en su blog

¿Pero de verdad es sexista el diccionario?

La pregunta que deja al final queda dolorosamente abierta, pero antes de saltar al cuello de la gente de la Real Academia recuerda que el magno instituto es mayormente descriptivo, no prescriptivo. Es decir, el diccionario recoge cómo el idioma es utilizado, no alecciona sobre cómo debería usarse. Al máximo, en casos de ambigüedad sugiere una vía, pero no mucho más. Y sí, algunas sugerencias de la RAE han sido metidas de pata épicas, pero bueno, que nadie es perfecto.

El punto aquí es que los idiomas son la expresión más clara de las culturas que los crean y nuestra cultura tiene muchos aspectos que merecen, o incluso exigen, ser mejorados. Eso sí, antes de continuar me permitiré el ser tajante en una cosa: expresiones como tod@s no solo son ridículas (¿cómo se supone que tendríamos que pronunciarlas?), también llevan a inconsistencias. Por ejemplo, ¿cómo resumirías «día del niño / de la niña» usando el @? ¿Tenemos que empezar a entrenarnos con expresiones regulares para cubrir todos casos?

Eliminado entonces este uso poco feliz de la pobre @, preguntémonos seriamente cómo desfacer el entuerto.

Algunas personas, lo he notado en un par de podcast, están comenzando a utilizar el femenino para los genéricos de clase. La idea es interesante, pero debemos admitir que sigue sin resolver el problema de fondo: la molesta carestía de palabras con género neutro en nuestro idioma.

¿Y entonces? Pues no lo sé. Y es que la única solución posible sería la introducción, así a los martillazos y por unanimidad, de una forma nueva que sirva para indicar un género gramatical «indefinido», pero la verdad es que no me veo pronunciando frases del estilo «¿como estáis todis?» en una reunión de consorcio… No sé, será la costumbre.

Desgraciadamente las buenas intenciones no alcanzan para resolver problemas, especialmente cuando estos existen desde hace siglos: siempre es mejor el tratar de hacer las cosas bien de entrada, no sea que luego tengamos que corregir las correcciones. Hasta que alguna solución inteligente, y consensuada, aparezca no veo otra opción que el seguir utilizando lo que indica la norma, que después de todo no es otra cosa que lo que la mayoría usa. Si en el futuro la norma cambia a utilizar los femeninos para los genéricos de clase, bien, si cambia a un verdadero «genérico», mejor. Pero por ahora la norma es lo que es, qué vamos a hacerle.


Apéndice 1: los diccionarios de la lengua española

Contrariamente a lo que mucha gente suele creer (incluyendo algún youtuber escéptico al que cada tanto se le da por, como diría Mundstock, «opinar fuera del tarro») los diccionarios de la lengua española no son obra exclusiva de la Real Academia: la asociación de academias de la lengua española (ASALE) es de hecho parte fundamental del proceso. Esta organización fue fundada en México en 1951 y reúne a las 23 academias de la lengua española existentes en el mundo.

El diccionario de la lengua española, la ortografía, el diccionario panhispánico de dudas y el diccionario de americanismos han surgido de esta colaboración entre ASALE y RAE. Esto quiere decir que nuestros diccionarios son verdaderamente «panhispánicos» y que nos representan a todos ya que, como comenté más arriba, nuestras academias son descriptivas, no prescriptivas: puedes preguntarle a un francés lo que opina de su academia para comprender la diferencia…

Creo que tenemos que estar agradecidos de los esfuerzos de estas organizaciones, especialmente si consideramos que estos recursos son de libre acceso. Y si hay algo de nuestro idioma que no nos gusta, tenemos que darnos cuenta de que el problema no está en estas academias sino en la sociedad que ha creado esta maravillosa, si bien imperfecta, lengua castellana.

Y sí, estoy de acuerdo, los términos científicos que presenta el diccionario necesitan mejores definiciones, pero eso también llegará.

Apéndice 2: las variantes

La única persona «realmente famosa» (en el sentido de aparecer en la televisión, al menos cada tanto) a quien he visto usar regularmente el femenino para un genérico de clase es el nutricionista Aitor Sánchez, pero creo que lo hace solo en referencia a su profesión: más de una vez ha dicho que la presencia masculina en esa rama de la medicina es prácticamente anecdótica.

La única persona «conocida» (categoría un escalón por debajo de «realmente famosa») de quien sé con seguridad que utiliza el femenino para todos los genéricos de clase es el físico Héctor Socas, presentador del programa radial/podcast Coffee Break, señal y ruido, pero es solo él: ni siquiera sus contertulios lo hacen.

Sobre el uso de «tod[i|e]s» ni hablar hace falta: el que un par de trasnochados que hablan de [hack|ac]tivismo en algún podcast o blog personal que ni sus parientes siguen lo usen… pues realmente no cuenta.

Y antes de que me lo digas: soy perfectamente consciente de ser yo mismo un trasnochado que escribe en un blog personal que ni siquiera mis parientes leen. Sé muy bien que la opinión que expreso en este artículo tampoco cuenta.

En fin, que decir que hay un «movimiento» para utilizar otros genéricos es un tanto exagerado. Más que movimiento todo esto parece una siesta. «Por algo se empieza», me dirás. Y sí: por algo, que aquí todavía no hay nada.

« Ceci n’est pas un article »

Una breve nota es para avisar de que, a partir de ahora y hasta nuevo aviso, este pingüino pasa a un ritmo quincenal de publicación. Podrían darse artículos ocasionales «fuera de programa», pero solo en situaciones muy particulares (noticias importantes, por ejemplo).

El artículo anterior fue la semana pasada, el próximo la que viene, luego, cada dos semanas. Esas cosas de la vida.

¡Nos seguimos leyendo! Con menos frecuencia, sí, pero de alguna forma seguimos haciéndolo.

La traición de las imágenes, de Magritte (fuente de la imagen, Wikipedia)