Malo, sí, ¡pero con convicción!

En una iluminadora tira de xkcd se muestra un gráfico llamando la atención sobre el hecho que cuando una película es lo suficientemente mala termina volviéndose «buena» en el sentido que se puede disfrutar. Un disfrute «negativo», si se quiere, basado en parte en la burla, pero disfrute al fin. Viene a mi mente Viaje a las estrellas 2 (Chejov, primer oficial de una nave de la Federación se equivoca de planeta, luego es atrapado por Kan quien inserta un insecto en su oreja con el cual controla su mente, insecto que un poco más adelante trata de escapar…), película realmente mala pero que he visto más de una vez, siempre disfrutándola.

Otro hecho notable del citado gráfico es que luego de este «tan malo que es bueno» viene rápidamente el «tan malo que es peor»… y aquí podría hacer referencia en la veloz caída hacia los infiernos de la mala calidad que se dio en Viaje a las estrellas 3, 4 y la insoportable 5. El punto de equilibrio del «tan malo que es bueno» es estrecho y sumamente inestable.

Pero en este artículo quiero hablar de otro tema, relacionado con el anterior pero también diferente: las películas que al ser deliberadamente malas resultan «buenas». Pienso aquí a muchas películas de Tim Burton, como Mars attack, la fabrica de chocolate… películas que no pretenden ser buenas, películas llenas de absurdos, contradicciones y sin sentidos, películas que solo pretenden ser entretenidas y vistosas… objetivo que logran sin medias tintas.

Recuerdo un reportaje en el cual Spielberg decía de Indiana Jones que era «cine clase B de alto presupuesto»: la película nunca llega a tomarse en serio a sí misma (basta recordar esa larguísima escena de acción de la tercer película, al final de la cual el viento le devuelve al profesor Jones el famoso sombrero que había perdido al comienzo de la misma). Toda la película es una continua broma que divierte al espectador sin hacerle creer que verá algo más que lo que efectivamente se muestra, sin pretender ser algo más de lo que realmente es, burlándose incluso de sí misma.

Solo sorpresa y diversión. Nada menos que sorpresa y diversión.

Yo, como tantos otros, he disfrutado de las películas apenas mencionadas pero jamás creí que fueran «buenas»: para el cine como arte, para el cine que hace pensar, sentir, busco a Bergman, busco a Kurosawa… busco a esos admirados pero poco vistos directores.

Pero para aflojar la neurona, para pasar un momento agradable junto a una pizza riendo de buena gana ante situaciones premeditadamente absurdas, el «cine clase B pero con convicción» es más que bienvenido.

¿Porqué con convicción, preguntará el lector? Volviendo a Tim Burton como ejemplo, él siempre ha hecho «cine clase B de alto presupuesto»: es lo único que le sale. Ya sea una caricatura obscura sobre un hombre que se disfraza de murciélago, el director de una extraña fábrica de chocolates, o bien una fábula sobre el rey de Halloween o aquel muchacho que nunca llegó a tener manos… todas son extensas colecciones de situaciones absurdas y vistosas que se disfrutan precisamente por eso. El problema con Tim Burton surge cuando traba de hacer «algo serio» (Big Fish, el planeta de los simios) y, bueno, no lo logra: allí realiza cine clase B que pretende ser «grande», que no lleva adelante lo que realmente es con convicción sino que pretende ser otra cosa y por ello fracasa.

Recuerdo una anécdota de hace ya muchos años (creo que unos veinte), cuando resignado llevé a mi por aquel entonces pequeño sobrino a ver la primer película de las tortugas ninja… recuerdo que los niños en la sala lograban un discreto entusiasmo en las escenas de pelea pero no mucho más… y recuerdo también que el resto de la película era directamente dirigida al «adulto acompañante». En ese más que claro ejemplo de cine trash recuerdo haber reído junto a los otros adultos con buena gana, para sorpresa de nuestros pequeños acompañantes que no comprendían porqué los adultos se divertían tanto. La película era absurda, insostenible, con una historia inconsistente, tonta… y se disfrutaba precisamente por eso: no pretendía ser otra cosa y esa convicción de ser lo que era la hacía «buena» a pesar de ser «deliberadamente mala».

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