La libertad de NO culto

En Italia, país en el que vivo desde hace más de una década, como en muchos otros países las manifestaciones políticas están reguladas: nadie puede plantarse con una mesa en una plaza/parque/esquina cualquiera y comenzar a repartir panfletos o vociferar consignas sin autorización previa de las autoridades; durante la época electoral los espacios donde se pueden fijar carteles están previamente asignados, por lo que el uso de árboles o paredes ajenas está correctamente prohibido; etcétera. Además, es absolutamente impensable que alguien entre en las escuelas a «instruir» a los niños en una determinada visión política.

Estas limitaciones tienen el claro objetivo de proteger a los ciudadanos de los peligros del «adoctrinamiento», tan común en épocas anteriores y que siempre llevó a resultados funestos. Son limitaciones impuestas para proteger la libertad de expresión y pensamiento, limitaciones pensadas para ayudar a ser libres.

Pero también en Italia como en muchos otros países en casi todo niño, directamente desde su nacimiento, se da un formidable proceso de adoctrinamiento religioso: es bautizado, enviado a catecismo, a misa, se le enseñan las rígidas tradiciones y mitos establecidos milenios atrás por personas ajenas a la forma de vida actual, es amenazado con el concepto de infierno, etcétera. Y cuando finalmente el niño comienza a crecer y ser más independiente llega a la escuela para encontrase con contundentes crucifijos colgados sobre cada pizarra.

La paradoja de este adoctrinamiento religioso, frente al cual el niño no tiene defensa alguna, es que resulta socialmente aceptable gracias a la excusa de la libertad de culto ejercida por sus padres… los cuales fueron a su vez adoctrinados por las generaciones anteriores, generaciones que tampoco tuvieron escapatoria.

¿Qué hay entonces de la libertad de NO culto? ¿Quién decidió que es menos importante que la otra? Porque claramente reaccionar en forma airada, y perfectamente justificada, cuando alguien quiere forzar una visión política pero aceptar sumisamente la imposición desde la infancia de una visión religiosa son actitudes absurdamente contradictorias.

Y lo peor es que la presión no termina allí. ¿Por qué un predicador puede pararse en cualquier esquina a repartir panfletos a todos los paseantes si al político le negamos, en toda justicia, la misma posibilidad? ¿Por qué tengo que tolerar que un domingo a la mañana, único día de la semana en el cual puedo dormir hasta tarde, alguien toque el timbre para hablarme «del importante acontecimiento que es la muerte de Cristo»? ¿Por qué tengo que tolerar que cada tantos meses alguien pegue en la puerta de mi casa un cartel anunciando que el párroco local pasará a visitar a todas las familias del edificio un día determinado?

¿Qué sucede con mi libertad de NO culto? ¿Con mi libertad de NO creer? ¿Por qué no soy y nunca he sido respetado en esto?

Cada tanto encuentro a alguien que comparte estas preguntas. Nunca encontré a alguien capaz de dar una respuesta sensata.

PD: Pensaba cerrar el artículo con una oportuna tira de Andrés Diplotti, pero luego de haber visto el artículo que enlazo más abajo ya no puedo. Y es que al mezclarse con el adoctrinamiento, la «libertad de culto» no solo se opone a la libertad de no culto, en ocasiones puede llegar a oponerse al derecho a la vida

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