Palabras cambiadas, palabras robadas

Se nos suele olvidar, pero en una lengua viva los diccionarios no deciden el significado de las palabras, aquellos son meros testigos del uso que la gente hace de estas. Esto puede ser un problema cuando algunas palabras adquieren relevancia y comienzan a evolucionar rápidamente, mutando y dejando a sus orígenes, y a los diccionarios, atrás.

Algunas veces la diferencia entre definición «oficial» y uso «real» es inocente y solo da para que algún personaje comente algo inútil que todos ignorarán al instante. ¿Podemos (o debemos) decir que el tomate es una fruta aún cuando la balanza del supermercado lo liste entre las verduras? ¡A quién le importa!

Otro ejemplo es la definición de «década». Al final de cada año terminado en 9 encontrarás siempre alguno que dice que «la década no termina ese año sino el próximo». Y sí, técnicamente esto es así: cuando se decidió el inicio de la cuenta de nuestros años occidentales el número cero no había sido introducido aún en Europa, por lo que se etiquetó el primer año, y el primer siglo, con un 1. ¿Pero importa eso ahora? Yo diría que no, ya que la abrumadora mayoría de las personas consideran que las décadas terminan y empiezan como la ronda de minutos en las horas, con respectivos nueves y ceros. Y sí, tenemos que el año anterior al 1 DC es el 1 AD, curiosidad que no resulta muy aritmética que digamos, pero siempre podemos decidirnos a solucionar el problema diciendo que la primera «década» de nuestra era y la primera (en sentido temporal inverso) de la anterior fueron anómalas, con solo nueve años. Total, para lo que sirven las décadas y los siglos (o ya que estamos, las «eras»), no es que interese mucho.

Otras veces los cambios se vuelven más confusos: rastrear la transición desde el antiguo «lívido con significado de amoratado» al actual «lívido con significado de pálido» ha llevado y llevará a la perplejidad a muchos lectores de textos antiguos.

Pero lo peor de todo está en aquellas palabras cuyo significado original nos ha sido robado, generalmente en forma sutil.

La etimología de la palabra «ateísmo» es clara, con el prefijo a− que significa «sin», theos que significa «dios» y el sufijo −ismo que significa «doctrina», es decir, «doctrina sin dios». Este significado etimológico se refiere claramente (exclusivamente) a una doctrina que no incluye entre sus postulados a un agente exterior al universo mismo. Pero para bien o para mal ese no es el uso que se le da a la palabra en el lenguaje cotidiano, o incluso en el diccionario: la RAE nos lleva de «ateísmo» a «ateo», dándonos allí el significado «que niega la existencia de cualquier dios».

En mi opinión existe una gran, enorme diferencia entre «no creer en la existencia de un dios» y «negar la existencia de cualquier dios»: lo primero puede ser el resultado de observar la naturaleza y concluir humildemente que la ignorancia que siempre encontraremos en los límites de nuestro conocimiento no nos da derecho a introducir lo sobrenatural en nuestro modelo de realidad, mientras que lo segundo es un mero acto de fe no menos culpable que el cometido por el creyente. Yo puedo decir, como dijera Laplace en la famosa anécdota, que la hipótesis de que un dios exista no es necesaria para explicar el funcionamiento de la naturaleza, pero eso no es lo mismo que negar su existencia rotundamente.

Dudar no es sinónimo de negar. Ser escéptico implica también dudar del propio escepticismo, de los motivos detrás de la duda. El peligro de confundir duda sincera y negación obstinada es siempre grande y puede terminar con un fanatismo obtuso disfrazado de racionalismo.

La ciencia es incompatible con el absoluto. La definición etimológica de ateísmo es científica, la definición en uso no.

¿Aconfesional? ¿Agnóstico? ¿Ignóstico? Debería poder encontrar una palabra que me identifique antes de que alguien la robe.

O no: al fin y al cabo qué importa.

6 comentarios en “Palabras cambiadas, palabras robadas

  1. “En mi opinión existe una gran, enorme diferencia entre «no creer en la existencia de un dios» y «negar la existencia de cualquier dios»”

    No lo había pensado de esta forma… 🙂

    Lo de «doctrina sin dios», me hizo acordar de la pregunta de un creyente: ¿qué cambiaría si en ese momento se me apareciera dios?; nada, le respondí, mi vida no esta basada en la existencia o no de cualquier dios. 🙂

    Un abrazo

      • Alicia:-“Dime gato: ¿Cuál es el camino correcto?”
        Gato.- ¿A dónde te diriges?”
        Alicia.- “No lo sé”
        Gato.- “Si no sabes dónde vas, no importa qué camino eliges”.
        Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas

  2. Pingüino, qué bueno y breve artículo. Me gustó mucho la frase final sobre la ciencia, donde dice que es esta es incompatible con el absoluto. Supongo que coincido en que las palabras no son un calca absoluto de la realidad. Las palabras son solo un mapa, una aproximación a la realidad, y por ello yo tomo de la frase mencionada un significado que quizás no era tu intención, pero que a mí me «cuadra». La ciencia es incompatible con el concepto de absoluto porque es una serie de aproximaciones sucesivas a la Verdad, lo que implica la idea de infinito. El Conocimiento con mayúsculas siempre será infinito porque nunca alcanzaremos al Verdad absoluta: vamos avanzando poco a poco, en vueltas de espiral cada vez más cercanas pero no lo aprehendemos completamente. Quizás por nuestra propia naturaleza finita, y no infinita. Por eso la ciencia no puede ser absoluta en el sentido de que no puede dar conclusiones absolutas. Siempre vendrá una nueva vuelta de tuerca que de un nuevo giro y nos acerque a la Verdad.
    Pero imagino que no ibas tú por ahí, ;D
    En cuanto a la creencia o no en Dios, también pienso un poco como Laplace, que es irrelevante para entender al mundo… desde una perspectiva exterior a ti, donde uno mismo no esté involucrado. pero si queremos entender nuestro papel en el mundo, el concepto de Dios es interesante de explorar. Si lo antropomorfizamos o no (si solo lo consideramos una fuerza de la naturaleza o un ser trascendente a la creación, etc.).
    Ojalaá algún día nos encontremos para filosofar. ¡Saludos!

    • ¡Gracias por tu comentario, Celia! La frase apuntaba a lo siguiente: creer que se conoce algo no es lo mismo que conocerlo, la fuerza de la ciencia no está tanto en lo que ya se sabe, está en la conciencia de que existen límites al conocimiento y en que esos límites son móviles, que los podemos «empujar» para descubrir así nuevas preguntas y corregir al mismo tiempo lo que creíamos saber. Quizás lo único que pueda afirmarse absolutamente es que creer en algo con absoluta seguridad es un error absoluto 🙂

      Saludos

Los comentarios están cerrados.