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Breve teatralización de una conversación no muy casual

Se levanta el telón. Dos personas cruzan la escena caminando de izquierda a derecha. El primero, [A], lleva las manos en los bolsillos y una expresión algo incrédula. El segundo, [B], sostiene un libro de tapa dura y buena encuadernación con el borde de las hojas doradas.

El diálogo que se presenta al espectador continúa una conversación que inició fuera de escena.

[A] (Frunciendo el ceño)

—Veamos si te entiendo bien. Yo comento que la ciencia nos habla de un universo enorme, posiblemente infinito y con millardos de años de antigüedad. Digo que la materia que nos forma fue en gran parte forjada, a partir de los protones creados al inicio del tiempo, en la explosión de las primeras estrellas gigantes. Digo que los restos de esas explosiones enriquecieron el medio interestelar con elementos pesados. Digo que este proceso se repitió y que las nubes de polvo e hidrógeno que se formaron colapsaron entonces para crear una nueva generación de estrellas y con ellas sistemas solares con planetas rocosos donde un intrincado proceso evolutivo tuvo la oportunidad de crear vida a partir de la química, llevando así adelante un ecosistema cada vez más complejo donde todas las partes interaccionan entre sí en forma exquisita… ¿y me acusas de «reduccionista» al no aceptar yo tu idea de un único creador omnipotente responsable de cada detalle del universo?, ¿de que todo existe solamente por un único acto creador de una única «voluntad divina»? Debo admitir que encuentro alguna dificultad al tratar de comprender tu idea de qué es el «reduccionismo»…

[B] (Respira profundamente y realiza un breve gesto llevando ambas manos brevemente hacia delante)

—Ok, probemos de otra manera. Olvidémonos por un momento de que eres ateo…

[A]

—Agnóstico. Niego el «diseño inteligente» en cualquiera de sus formas, incluso cuando intentan disfrazarlo de ciencia a través de una absurda «evolución guiada». Niego que el universo tenga un propósito, sobre todo cuando quieren venderme la idea absurda de que los humanos somos el centro del universo y la razón de su existencia. Niego que tenga sentido el pensar en un dios personal que atiende todas las plegarias, incluso aquellas que no están exentas de un absurdo egoísmo. Niego todas esas «hipótesis» porque ninguna de ellas logra superar la más mínima confrontación con la realidad, pero no me preocupo por la posibilidad de que exista un… digamos «ente superior»: la discusión de si existe o no un «dios» independiente de las religiones humanas simplemente no me interesa, solo me preocupa que la gente se dañe a si misma aferrándose a una esperanza sin fundamento organizada en forma de rito y que dañe a otros tratando de imponer su fe en esa esperanza y en esos ritos.

[B] (Luego de una breve pausa)

—Como sea. Olvidémonos. Trata de utilizar tu imaginación en este pequeño experimento.

[A] (Bajando la voz)

—Ok. Después de todo no es a mi a quien falta imaginación…

[B] (Ignorando el comentario)

—Perfecto, entonces. Trata de imaginar, al menos por un momento, que realmente existe Dios, que al término de tus días llegas a Su presencia y que Él te acepta en su Gloria. Piensa, imagina: ¿qué le preguntarías?

[A] (Manteniendo una expresión neutra)

—Cómo se accede al Bugzilla del universo.

[B] (Abre los ojos desmesuradamente y trata de decir algo, pero no lo logra)

[A] (Quita las manos de sus bolsillos para ayudar su discurso con gestos)

—¡Es claro que el universo está lleno de «bugs»! Y ni hablar del ser humano, de nosotros. ¡En algún lugar se tienen que poder reportar todos esos problemas!

[B] (Frunciendo el ceño)

—¿De qué…?

[A]

—El nervio laríngeo recurrente, por ejemplo. Va del cerebro, baja hasta el tórax para pasar en torno al arco de la aorta y vuelve a subir hasta la garganta: ¿a quién se le ocurre introducir una desviación tan absurda? Ya en el ser humano resulta ridículo, ¡ni hablar de los metros de más que recorre en la jirafa!

[B] (Breve gesto incierto, tratando de encontrar qué decir)

—Pero…

[A] (Señalándose la garganta)

—¿A quién se le puede ocurrir que la primer parte del tracto digestivo debe coincidir con la primer parte del aparato respiratorio? ¡Los niños que habrán tenido problemas, o incluso habrán muerto por asfixia al tratar de tragar algo demasiado grande!

[B] (Con gesto de alarma)

—Bueno…

[A] (Señalando hacia… abajo)

—Y eso sin entrar en el viejo chiste de «a quién se le ocurre poner un desagüe tóxico en medio de un área recreativa»…

[B] (Tos nerviosa)

[A] (Señalándose los ojos)

—El sistema de reconocimiento visual de los humanos, por ejemplo, debería tener varios reportes en su contra. Entiendo que la pareidolia surja como un comportamiento adaptativo válido, ¿pero adorar una tostada porque presenta una «aparición mariana»? ¡Eso ya me parece un «release stopper»!

[B] (Con un gesto, y un tono, de desaprobación)

—Eres imposible…

[A] (Con un amplio gesto en el que levanta la cabeza y alza ambas manos, blandiendo los índices)

—¡Ah! Tratar de huir de los temas que ponen en entredicho las propias creencias personales acusando a los demás de no ser capaces de discutir civilizadamente, ¡cuando son ellos mismos los que no saben discutir! Para ese reporte será fácil conseguir muchísimos ejemplos…

(Piensa por un momento, luego inclina ligeramente su cabeza y mientras se acerca brevemente a su interlocutor comienza a hablar con un gesto que pretende mostrar seriedad al tiempo que está cargado de ironía)

—Los meta-bugs que reúnen los sesgos cognitivos por un lado y el abuso de falacias por el otro deben ser monstruosos…

(Gira y comienza a alejarse, nuevamente con las manos en los bolsillos).

[B] (Quedándose atrás y hablando en voz baja, como para sí mismo, mientras su interlocutor sigue caminando)

—¿Por qué será tan difícil que los ateos comprendan?

[A] (Saliendo de la escena)

—¡AGNÓSTICO! ¡El módulo de comprensión de lenguaje también debe tener varios reportes en su contra!

[B] Queda en una posición rígida, mandíbula y puños firmemente cerrados. Cae el telón.


NOTAS

Lo de la tostada parece broma, pero desgraciadamente no lo es:

BBC News: Woman ‘blessed by the holy toast’

Magonia: Cuando el cerebro nos engaña

Magonia: La vendedora de la Virgen del Sándwich se tatúa la imagen del emparedado en el pecho

Pareidolia en la wikipedia

El diálogo refleja, en forma caricaturesca, varias charlas (muchas de ellas inútiles) que he tenido en mi vida. Los ejemplos que doy vienen de varias fuentes:

Los problemas asociados con respirar, hablar y comer por el mismo conducto se grabaron a fuego en mi memoria cuando, siendo niño, vi cómo el hermanito (unos tres años) de un compañero de escuela casi muere asfixiado por un caramelo «media hora» (una esfera sólida del tamaño de una canica mediana). Afortunadamente un adulto cercano supo qué hacer y lo salvó… por poco.

El chascarrillo de los ingenieros hablando sobre el diseño del cuerpo y de que solo un ingeniero civil podría poner un desagüe tóxico en medio de un área recreativa es bastante viejo 😉

Lo del nervio laríngeo recurrente lo aprendí hace poco en este vídeo

It’s Okay To Be Smart: Evolution Is Dumb – 12 Days of Evolution #6

(la serie completa es sumamente recomendable, puede verse desde aquí: «The 12 Days of Evolution»)

Más información en la wikipedia en inglés (la versión en castellano del artículo es incomprensible):

Recurrent laryngeal nerve

Existen muchos lugares donde aprender qué son los sesgos cognitivos (por ejemplo, el RationalWiki) por lo que dejo al lector el ejercicio de buscarlos. Lo mismo con las «falacias» y cuál es el problema con ellas, pero hace poco descubrí (como siempre, por casualidad) una página tan útil como divertida donde estas se muestran en forma gráfica: Falacias explicadas gráficamente.

Y por supuesto, el protagonista de la charla: Bugzilla 😉


BONUS TRACK: Does the Universe Have a Purpose? feat. Neil deGrasse Tyson (tiene subtítulos en castellano)

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Una de romanos (en realidad dos)

Desde hace ya varios años distintos conocidos han insistido una y otra vez en que tenía que leer a Manfredi: que los libros son buenos/entretenidos/interesantes/<ponga un adjetivo positivo aquí>.

Uno de los argumentos más comunes con los que me han atacado incentivado ha sido siempre «y además puedes leerlo en idioma original», lo cual es cierto: dado que desde hace doce años vivo en Italia tengo una cierta fluidez con la «lengua del Dante».

El problema está en que siempre he sentido gran desconfianza en los «best sellers» y este señor ha ganado dei bei quattrini con sus muchas novelas, lo cual me generaba sospechas.

Antes de que alguien proteste recordándole a este pingüino tolkiano que «el señor de los anillos» es un best-seller a escala mundial, tengo dos cosas para decir en mi defensa:

  1. Tolkien no fue precisamente un autor prolífico

  2. Conocí sus libros hace casi treinta años, en una época sin Internet y donde uno llegaba a un nuevo autor cuando un amigo le prestaba un libro: me llevó literalmente años el saber que Tolkien era famoso…

Pero volvamos a Manfredi y sus romanos. Tanto me hablaron sobre este autor que (quizás para que finalmente cambiaran de tema) pasando yo un día por una librería vi en oferta un volumen con tres de sus novelas: los idus de marzo (Idi di marzo), el imperio de los dragones (L’impero dei draghi) y la última legión (L’ultima legione).

Pasaron todavía algunos meses antes de decidirme a abrir el libro. Finalmente, he aquí mis impresiones.

Sobre el primer relato, la palabra que vino a mi mente al terminarlo fue innecesario. Luego llegó la construcción oportunidad desperdiciada. En fin, que me dejó un tanto indiferente.

Parecería que mientras paseaba los dedos por el teclado de su computadora, el autor estaba imaginándose con avidez a un productor de Hollywood que venía a ofrecerle un grueso cheque con el cual financiar un film épico de acción (algo que, hasta donde sé, afortunadamente no ha sucedido). De hecho, una mitad de la historia sucede en los caminos del imperio, centrándose en la urgencia del protagonista de llegar a destino «antes de que sea tarde» y a pesar del clima adverso y de los malos de turno que quieren detenerlo. La otra mitad de la historia sucede en Roma, con un juego casi de película (mala) de espionaje donde algunos tratan de averiguar algo que al parecer era sabido por todos menos por los afectados.

¿Por cuál motivo Publio Sestio tuvo que alejarse tantos kilómetros para convencerse de algo que en Roma todos parecían saber, aceptando sin discusión en aquellos lejanos parajes un rumor tan poco claro como el que circulaba en su ciudad de origen de que «algo grave estaba por suceder»? Realmente no tiene sentido.

La historia al menos hubiera dado para una reflexión sobre los personajes principales (Julio Cesar, Cleopatra, Antonio, Bruto…), pero solo ofrece esquemas de esos personajes: realmente no me creo mucho ni que Bruto fuera tan idealista (y por momentos, tonto) ni que Cesar fuera tan moderno en su forma de pensar…

Pero bueno, al menos el relato es fácil de seguir y las páginas se pasan con agilidad. Es una lectura aceptable, pero nada del otro mundo.

Luego comencé con «el imperio de los dragones» y ahí sí que la cosa fue diferente: un completo desastre.

En realidad la obra empieza bien: el «rey de los reyes», Shapur I de Persia, engaña y captura al emperador Valeriano en lo que seguramente fue la humillación más grande sufrida por Roma en toda su historia. El relato acompaña entonces a los prisioneros (entre ellos, claro está, el protagonista real de la historia: Marco Metello Aquila) a través de varias vicisitudes como la muerte del emperador (cremación exprés incluida), una fuga imposible y… ¡un viaje hacia China!

La historia hubiera sido sumamente interesante de no ser porque el autor parece olvidarse de su formación académica y, a medida que avanza en el relato, se prodiga en disparates de calibre cada vez mayor, con guerreros chinos que «vuelan» con alas de seda, combaten realizando acrobacias proezas que el propio Bruce Lee consideraría exageradas y con un personaje que (¡ahhhhhh!) salva la vida de otro concentrándose y absorbiendo a distancia parte del golpe que lo habría matado…

Ni hablar del momento en el cual uno de los personajes hace la vertical sosteniéndose solo con el dedo índice de una mano… por fortuna la escena pasa rápidamente, que casi tiro el libro al piso y comienzo a saltarle encima.

Me encantan las novelas históricas (ya que estamos con Roma, si pueden encontrarla no dejen pasar Galla Placidia, de Lidia Storoni Mazzolani) y disfruto enormemente de las historias de fantasía bien escritas, pero en fin, que o escribes un libro de fantasía o una novela histórica, las dos cosas simultáneamente no cuadran.

Esta vez la palabra «innecesario» no corresponde: la idea de base (un romano del tercer siglo visitando la lejana tierra de la seda) es realmente interesante, pero la frase oportunidad desperdiciada sí se aplica, sobre todo si dicha con un cierto enojo.

El libro chorrea misticismo mal entendido, personajes chatos y por momentos contradictorios y «golpes de escena» que solo sorprenden (cuando lo hacen, que uno de los principales está más que cantado) porque en realidad son tan absurdos que nadie en su sano juicio podría esperarlos.

Muchos me han dicho que el mejor libro de Manfredi es el que me quedaría por leer, la última legión, pero a decir verdad no me han quedado muchas fuerzas para comenzarlo. Un fallo en mi búsqueda del dao, seguramente.

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La verdadera razón de que los Siete fallaran

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La fuente tipográfica del texto principal se llama «Purisa», mientras que las «instrucciones» están compuestas con Source Code Pro

(Y no olviden pasar el puntero del ratón por sobre la imagen… 😉 )

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En la casa de Tom Bombadil

El séptimo capítulo de «La comunidad del anillo» que da nombre a este artículo es más notable de lo que muchos lectores, especialmente los «primerizos», suelen descubrir.

At last Frodo spoke:

‘Did you hear me calling, Master, or was it just chance that brought you at that moment?’

Tom stirred like a man shaken out of a pleasant dream. ‘Eh, what?’ said he. ‘Did I hear you calling? Nay, I did not hear: I was busy singing. Just chance brought me then, if chance you call it. It was no plan of mine, though I was waiting for you.’

 

Finalmente Frodo habló:

—¿Me oyó llamando, Maestro, o fue solo casualidad lo que le llevó a estar allí en ese momento?

Tom se sobresaltó como un hombre sacado de un sueño placentero —¿Eh, qué?— dijo —¿Si te oí llamar? No, no oí: estaba ocupado cantando. Fue solo la casualidad lo que me llevó allí entonces, si casualidad puede ser llamada. No fue un plan mio, pero te estaba esperando.

Tom sabía que Frodo estaba viajando hacia el este, que se encontraba en el Bosque Viejo. Ciertamente Gildor Inglorion —otro de los conflictivos personajes del libro— corrió la voz, hablando también con Aragorn y enviando un mensaje a Elrond. Es decir, Tom no estaba tan aislado en su pequeño reino después de todo…

En la siguiente página, Frodo tiene un sueño que describe un lugar y una situación que el lector no ha encontrado aún y que no comprende (un círculo de piedras, montañas y una torre, un hombre de blancos cabellos y un águila gigantesca), pero que resultará clara luego en el concilio de Elrond.

(Frodo tiene otro sueño en la casa de Tom, pero es parte del capítulo siguiente por lo que esta vez lo dejaremos pasar…)

Un par de páginas más tarde se da la situación más citada y quizás menos comprendida de todo el capítulo:

Indeed so much did Tom know, and so cunning was his questioning, that Frodo found himself telling him more about Bilbo and his own hopes and fears than he had told before even to Gandalf. Tom wagged his head up and down, and there was a glint in his eyes when he heard of the Riders.

‘Show me the precious ring!’ he said suddenly in the midst of the story: and Frodo, to his own astonishment, drew out the chain from his pocket, and unfastening the Ring handed it at once to Tom.

It seemed to grow larger as it lay for a moment on his big brown-skinned hand. Then suddenly he put it to his eye and laughed. For a second the hobbits had a vision, both comical and alarming, of his bright blue eye gleaming through a circle of gold. Then Tom put the Ring round the end of his little finger and held it up to the candlelight. For a moment the hobbits noticed nothing strange about this. Then they grasped. There was no sign of Tom disappearing!

 

Efectivamente tanto conocía Tom y tan inteligentes eran sus preguntas que Frodo se encontró contándole más acerca de Bilbo y de sus propias esperanzas y miedos de lo que había dicho jamás, incluso a Gandalf. Tom meneó su cabeza arriba y abajo, y un brillo apareció en sus ojos cuando oyó hablar de los Jinetes.

—¡Muéstrame el precioso anillo!— dijo repentinamente en medio de la historia: y Frodo, para su propia sorpresa, extrajo la cadena de su bolsillo y soltando el Anillo lo pasó inmediatamente a Tom.

Pareció crecer mientras estaba por un momento en su gran mano morena. De repente puso el anillo frente a su ojo y rió. Por un segundo los hobbits tuvieron una visión, a la vez cómica y alarmante, de su ojo azul profundo brillando a través de un círculo de oro. Entonces Tom se puso el Anillo en su dedo pequeño y lo sostuvo a la luz de la vela. Por un momento los hobbits no notaron nada extraño sobre esto. Entonces comprendieron. ¡No había signos de que Tom desapareciera!

Luego vendría la famosa escena de Frodo poniéndose el anillo y de Tom viéndolo a pesar de ser «invisible», pero la parte aquí citada es en mi opinión aún más importante. Por una parte vemos a Tom sintiendo curiosidad por el anillo, deseando verlo: es claro que, como nos comenta Michael Martinez, el anillo «intenta tentar» (y falla) a Tom.

La otra parte es que Tom logra comprender cabalmente la naturaleza y el alcance del poder que se encuentra en el anillo, y que es capaz de jugar con él.

Aquella parte en la que casi todos se centran, el hecho de que el anillo no es capaz de dominar a Tom, resulta entonces casi anecdótica.

Y es que Tom es su propio Maestro, no acepta órdenes de nadie y no está interesado en dar órdenes a nadie. Tom solo está interesado en saber, dominar es algo completamente ajeno a su naturaleza.1

Y esto hace que la aparición de Tom se vuelva esencial en la historia: este misterioso personaje del cual tanto se ha discutido y tanto se discutirá nos muestra que existe otra forma de vivir: la búsqueda de conocimiento por el deseo de saber, no por una incontrolable necesidad de dominar.

[Goldberry, sobre Tom]’He is the Master of wood, water and hill.’

[Frodo]’Then all this strange land belongs to him?’

‘No indeed!’ she answered, and her smile faded. ‘That would indeed be a burden,’ she added in a low voice, as if to herself. ‘The trees and the grasses and all things growing or living in the land belong each to themselves. Tom Bombadil is the Master.’

 

[Baya de Oro, sobre Tom]—Él es el Maestro del bosque, del agua y de la colina.

[Frodo]—¿Entonces toda esta tierra extraña le pertenece?

—¡De ninguna manera!— respondió ella, y su sonrisa se perdió —Eso sería ciertamente una carga— agregó en voz baja, como para sí misma —Los árboles y las hiervas y todas las cosas que crecen o viven en la tierra pertenecen a ellas mismas. Tom Bombadil es el Maestro.

Pero esta aleccionadora aparición de Tom también ofrece un gran problema: a este punto de la historia tenemos a Bilbo rechazando (si bien con ayuda) el Anillo, a Gandalf que, si bien le teme, no lo desea, a Tom que juega con él y lo devuelve… ¿cómo se logra mostrar que el Anillo es peligroso si todos lo dejan pasar?

La caída de Boromir, visible ya en el concilio de Elrond, es una respuesta, el suplicio de Frodo a medida que avanza la misión es otra.

Pero esto ya forma parte de otros capítulos.


 1 Un breve pero interesante artículo que encontré sobre este tema: Why didn’t the One Ring have any Control Over Tom Bombadil?

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Cuando el pasado jugaba con el futuro

ADVERTENCIA: se vislumbra en el inmediato futuro del lector una mezcla por momentos inconsistente de textos serios con un vídeo y un par de imágenes no tan serias. No olvide pasar el puntero del ratón por sobre esas imágenes.

Ni la ciencia ficción se inventó en el siglo XX ni este género fue el primero en jugar a predecir el futuro.

Y es que de la necesidad al arte la distancia es siempre pequeña: saber cuándo vendrá el cambio de estación, predecir una helada o el mejor momento para el cultivo fue siempre fundamental para la supervivencia de nuestros ancestros mientras que el adornar tales predicciones con historias es una de las tantas cosas que nos definen como humanos.

Aún dejando de lado a las diferentes religiones y sus variados apocalipsis (o equivalentes), la literatura, en todas sus formas, siempre jugó el juego de tratar de conocer el futuro.

Los griegos en esto tuvieron una visión pesimista, creando innumerables tragedias donde los protagonistas conocían, a través de oportunos oráculos, los rasgos generales del porvenir. Pero este conocimiento terminaba siempre volviéndose en su contra: las acciones con las cuales intentaban evitar el anunciado desastre eran justamente las necesarias para darle realidad. Quizás el ejemplo más conocido de la inutilidad (para los griegos) de intentar evitar el futuro sea la historia de Edipo de Tebas:

(la historia en sí comienza al minuto 4:35, pero la introducción también vale la pena… como todo lo que hacían los Les Luthiers en aquellas épocas)

Con el pasar de los siglos la relación entre los autores y el futuro comenzó a volverse cada vez más compleja.

Al componer la Eneida Virgilio tenía, además de desarrollar una gran historia, el objetivo de glorificar a Roma y a sus líderes, especialmente aquel que estaba en el cargo en el momento en el cual la obra era escrita: el emperador Augusto. Y para esto Virgilio se vale de la argucia de mostrar los muchos siglos que separaban al protagonista de sus lectores como una serie de «predicciones» hechas al primero, predicciones que los segundos sabían ya realizadas. Y así es que el pío Eneas desciende al Hades para encontrarse con el espíritu de Anquises, su padre, quien le presenta futuras glorias de lo que será Roma. Más adelante en la historia Eneas recibe de manos de su madre Venus las armas creadas para él por el dios Vulcano, armas que usará en su batalla final contra Turno: en el escudo se encuentran grabadas varias historias «futuras» que Eneas no comprende, pero el lector sí, como la loba alimentando a Rómulo y a Remo fundadores de Roma y descendientes de Ascanio, hijo de Eneas.

Eneas

(la pintura de base es de Nicolas Poussin, «Venus presentando las armas a Eneas», y la he tomado de la Wikimedia Commons)

Todo lo que la humanidad ha conseguido, para bien y para mal, a lo largo de su historia es el resultado de una infinita carrera de relevos y la literatura no puede ser la excepción. Nuevas formas de narrar las mismas historias surgen con los siglos y nuevas historias son creadas con las mismas herramientas.

A principios del 1300 Dante Alighieri comienza a escribir La Divina Comedia. Él no solo trata de representar la visión del universo de su época, también aprovecha la oportunidad para dar su propia opinión sobre la justicia divina despachando según su propia voluntad hacia los círculos del infierno o aquellos celestiales a una gran lista de personajes, tanto históricos como contemporáneos suyos sobre los cuales él tenía una opinión bien formada.

Según cuenta Roberto Benigni en su magnífico espectáculo «Tutto Dante», cuando La Divina Comedia se publica Dante hace imprimir en su portada que esta había sido compuesta «en el 1300», aún cuando la fecha real fuera posterior por varios años: de esta forma Dante logra recibir de uno de los condenados la «predicción» de algo que obviamente ya había sucedido: su exilio de Florencia en el 1302.

michelino_danteandhispoem

«Ustedes me mandaron al exilio, ¿verdad?», dijo Dante, «Ahora verán dónde los mando yo…»

Alimentada por la experiencia acumulada en el transcurso de los siglos, la relación entre los escritores y el futuro se ha vuelto cada vez más compleja, mezclando previsiones que anticipan en forma oscura el final de las historias narradas con especulaciones sobre el futuro de la humanidad, optimismo con pesimismo, utopías con distopías.

Pero eso quedará para artículos futuros.

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El Silmarillion en tres minutos

El vídeo tiene ya un par de años, está en inglés y su autor habla rápido, pero vale la pena. Si bien el autor parece tomarse en broma todo, se nota su admiración por la obra que está describiendo y logra un magnífico (y muy divertido) resumen.

Activar los subtítulos (también en inglés) puede ayudar a quienes no tengan el oído muy entrenado


PD: del mismo autor, El Hobbit en 30 segundos

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Dos libros

Durante una conversación casual recordé dos libros que leí hace ya muchos años: Hacedor de estrellas (1937)1 y Sirio (1944)1, ambos de Olaf Stapledon, ambos del género de la ciencia ficción.

Recuerdo que la edición castellana de Hacedor de estrellas tenía un brillante prólogo donde Jorge Luis Borges no escatimaba elogios por la obra, si bien el escritor argentino admitía que de la escritura resultaba claro el que su colega británico era más versado en filosofía que en literatura. Esto ciertamente no era una acusación sino la simple declaración de un hecho que no escapará al lector que frecuente las mencionadas páginas.

Hacedor de estrellas es un libro sumamente ambicioso, por momentos quizás demasiado, pero el despliegue de imaginación que muestra el autor en cada uno de los «viajes» del protagonista es simplemente abrumador. Allí se describe por primera vez el concepto que más de veinte años más tarde sería bautizado como esfera de Dyson, allí también se habla de imperios galácticos, se describen razas simbióticas, se juega con la idea de utilizar ingeniería genética (aunque no le da ese nombre) para adaptar especies inteligentes a nuevos ambientes, aparecen estrellas y nebulosas inteligentes, se imaginan y describen detalladamente especies, ambientes y sociedades, se habla de la evolución de esas especies, esos ambientes y esas sociedades. En fin, que nos encontramos frente a un libro que introduce, quizás por primera vez en la historia de la literatura, casi todos los temas que dominarían la llamada ciencia ficción de las siguientes décadas.

Es en Sirio donde el comentario de Borges que mencionamos más arriba resulta aún más claro: los diálogos siempre dejan una impresión de profundidad exagerada, de extrema premeditación, impresión que atenta contra la credibilidad de los personajes. Pero no importa: la fuerza del relato es tan arrolladora que logra sumergirnos en la historia de su protagonista imposible y del sufrimiento que genera su unicidad. La llegada de la segunda guerra mundial es el marco improbable, pero no por eso menos apropiado, del desarrollo y la caída del ser cuyo nombre da título a la historia.

Stapledon influyó directamente en autores como Clarke, Asimov, Aldiss, Lem y otros, e indirectamente en un número aún mayor: sagas como la guerra de las galaxias o Star Trek claramente no hubieran sido lo mismo (posiblemente, ni siquiera hubieran existido) sin su abrumadora influencia.

Quizás ya sea hora de releer algunas de estas historias.


 1 Las fechas indican cuándo fueron escritos estos libros, no cuándo los leí… 😉

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