«Fandom», «haters» y el sesgo de confirmación

Pues que sí, que hoy tenemos otra diatriba: en una entrada anterior me había quedado pendiente el hablar mal de los fanáticos de Tolkien, ¿recuerdas?


Creo que a esta altura del siglo y del blog puedo dar por supuesto que tienes, estimado lector, al menos una idea de lo que sucede cuando Frodo logra finalmente llegar al borde de las Grietas del Destino: no es capaz de dejar ir su Carga, por lo que sin la involuntaria intervención de Gollum, y la voluntaria acción de Ilúvatar, el Anillo Único no habría sido destruido.

Pues bien, hace unos meses (¿o años?, no recuerdo) pasó por mi pantalla un extenso artículo de un «fan» de Tolkien. El columnista argumentaba, con abrumador lujo de detalles y citaciones, que en realidad Frodo no había fracasado. Llamaba como testigos de su conclusión a San Agustín, la biblia, los más variados textos filosóficos (incluyendo algún texto budista, si no recuerdo mal) e incluso una particular carta escrita por el propio Tolkien.

Un trabajo de investigación y preparación impresionante, sin lugar a dudas. Lastima que en esa mismísima y famosa carta (y en muchas otras, que lo dijo varias veces) el propio Tolkien escribiera, de su puño y letra y sin dejar lugar a dudas, no solo que Frodo había fracasado, sino que ese fracaso era inevitable y que su realización ya resultaba clara mucho antes de ese punto culminante de la historia.

Lo que me lleva entonces a escribir este artículo no son las sumamente interesantes cuestiones filosóficas que la escena frente a las Grietas del Destino pueda inspirar, lo que me impulsa a padecer sobre el teclado es la acción de un individuo con una idea fija que llega al punto de negar la opinión, y la autoridad, del autor de una obra para así defender su propia y absurda interpretación.

¿El motivo? El sesgo de confirmación, por supuesto. La idea elegida como «buena» por una persona termina siendo más importante que su eventual (falta de) verdad y cualquier cosa que hable de ella, aunque sea indirectamente, aunque sea en remota apariencia, será vista desde el preciso ángulo que la haga parecer que soporta la postura preconcebida.

Hay dos motivos que me impiden enlazar al mencionado artículo. Uno es que no quiero darle publicidad al cabezotas ese, pero el más importante, y triste, es que no resulta un caso único o tan siquiera ejemplar: se da por todas partes y en todo momento, tanto en la obra de Tolkien (las absurdas discusiones sobre las alas del Balrog, armaduras de placas en la Tierra Media, las orejas de los elfos o su color de piel, etc.) como en otras ficciones o incluso en otras realidades.

Claramente el sesgo de confirmación también se puede dar, y de hecho se da, en forma negativa: no solo es utilizado por nuestras débiles mentes humanas para sostener lo insostenible, también sirve para atacar lo inatacable. No importa que entre los peores villanos de la primera edad destaquen los vengativos Fëanor y sus hijos o el traidor Maeglin, todos ellos muy élficos y de piel y ojos muy claros, no importa que los verdaderos culpables de todo lo malo que sucede en la segunda edad no sean tanto Sauron y sus seguidores como los elfos de Celebrimbor y la gente corrupta de Númenor, no importa que uno de los villanos por excelencia de la tercera edad sea un hombre blanco, de pelo blanco y que se identifica con una mano blanca como es Saruman, no importa que Tolkien describa a los Hobbits, verdaderos héroes de la historia, como gente de piel más oscura que los otros pueblos, no interesa que cada vez que un personaje muestra actitudes racistas siempre termine siendo castigado (desde Thingol en la primera edad hasta Boromir en la tercera, pasando por las guerras de sucesión en Gondor e incluso por algún que otro orco que es víctima del subordinado al que estaba maltratando)… nada de eso importa para aquellos que decidieron acusar a Tolkien de racismo ya antes de leerlo y que sacarán de contexto y tergiversarán cualquier frase que sirva, al menos a sus propios oídos, a justificar la posición injustificable.

Y mejor no entremos en el tema de los que niegan el cambio climático y las vacunas, los que hablan de conspiraciones de todo tipo (los que sospechan del proyecto Apolo, los defensores de la Tierra plana, la lista es interminable) o los que se creen moralmente superiores a los demás solo porque así lo dice su libro de cabecera (y esto va no solo para los creyentes fanáticos: los ateos fanáticos también son insufribles), que ahí si que me pongo de mal humor.

Ya lo he dicho otras veces: me parece que el título de Homo Sapiens Sapiens le queda un tanto grande a nuestra especie. Quizás tendríamos que inventar otro y decir, si vamos a hacerle caso a los traductores de latín en línea que he consultado, algo así como Homo qui non agnoscis suum Biases: el humano que no reconoce sus propios prejuicios.


Si tienes un latinajo más apropiado, ¡compártelo en los comentarios!

«El mensajero» (relato)

Por distintos motivos que no conviene comentar en estas primeras líneas, recordé hace poco un relato de ciencia ficción que escribí hace ya unos 30 años, cuando era joven y productivo 😉

He intentado corregir los excesos de la redacción original (como dijo Borges alguna vez «todo escritor comienza siendo barroco»), ya me dirás si lo he conseguido.


El mensajero

El tiempo de reacción del cual dispuso el capitán fue extremadamente breve. La composición metálica del objeto y su escasa densidad mostraban sin lugar a dudas que era artificial, no una simple roca, por lo que sin pensarlo dos veces ordenó capturarlo, igualando su velocidad a la de la nave.

La pequeña sonda fue así recuperada, pero a un gran costo y con un enorme riesgo: una pequeña falla en el campo de empuje y se habrían estrellado contra ella a prácticamente la velocidad de la luz. Era evidente el que recibiría una fuerte amonestación cuando llegasen a destino… Para colmo el escaso tiempo no permitió tomar buenas mediciones de su curso ni de su velocidad, por lo que era imposible decir de dónde provenía.

¡Pero qué importaba todo eso ahora! Ya nada podría empañar el enorme descubrimiento que acababa de hacer.

Evidentemente se trataba de una sonda de exploración planetaria, lanzada en los albores de alguna civilización técnica quizás desaparecida: la antena de «largo» alcance que cubría toda una de sus caras, aquellos objetos que deberían ser cámaras, el pequeño generador por isótopos radiactivos hace ya mucho extinto que se proyectaba lejos del cuerpo principal… todo lo mostraba.

Pero entre todos esos objetos, fácilmente reconocibles con un poco de imaginación, había algo que resaltaba extrañamente y que no parecía encajar en nada: Un disco dorado, rayado por golpes de micrometeoritos y extraños dibujos aún reconocibles, llamaba la atención sobre uno de los flancos de la sonda. Tenía electrochapado una fuente de uranio 238 que indicaba una antigüedad de unos doscientos mil años, lo suficiente como para haber llegado hasta allí desde casi cualquier lado.

Al extraer la placa circular lo sorprendió la existencia de otro disco que se ocultaba detrás del anterior y que estaba recorrido por un fino surco que trazaba una apretada espiral sobre cada una de sus caras. En el centro de la cara que miraba hacia la sonda se veía un grabado ciertamente desconcertante del cual se ocuparía a su debido tiempo.

También encontró una pequeña pieza metálica guardada allí, último detalle de una tríada de misterios.

«La clave debe estar en la cubierta», se dijo, mientras realizaba un escaneo tridimensional de todas las piezas.

 

Pero, ¿por dónde empezar? Bueno, ese círculo dibujado allí solo podía representar al disco interior y eso marcado en su periferia era un diagrama de la pieza de metal: al parecer, la parte aguda de esta última debía entrar en contacto con el disco, pero ¿para qué? ¿Y qué había que hacer con el otro extremo? ¿Habría dentro de la sonda algo donde conectarlo? No, debía ser otra cosa: en los inicios de toda cultura espacial el peso era un factor crítico y hasta los escasos gramos de los discos debieron ser cuidadosamente considerados a la hora del despegue.

A continuación del círculo —¿debajo?, ¿a un costado?— se veía una línea que debía representar al disco visto de canto ya que también poseía sobre su extremo un diagrama de la pieza de metal. Aparentemente la parte aguda de la misma debía ir en contacto con el surco.

Algo intrigante eran las líneas cortas que rodeaban al círculo y que también se hallaban junto al «disco de perfil». ¿Notación binaria? Pero si lo eran, ¿en qué sentido debían leerse? De los dos tipos de líneas, ¿cuál representaba al cero y cuál a la unidad? Y más importante aún, ¿de qué servían esos números?

Examinó una imagen ampliada del surco, notando una cierta regularidad en sus irregulares paredes. Tal vez la pieza de metal debía recorrer el surco para detectar sus rugosidades y transformarlas en vibraciones, las cuales podían contener muchísima más información que algunos simples dibujos. Eso no solo indicaba el sentido en el que debían leerse los números —el de la espiral—, sino que también daba sus significados: el que estaba en torno al círculo debía dar el período en el cual la pieza tendría que dar una vuelta, mientras que el que estaba debajo del disco-de-perfil, que era mayor, debía indicar la duración total… ¿pero en qué unidades? Ese dato tendría que estar en alguno de los otros dibujos.

El de arriba a la derecha mostraba tres períodos de una típica función de onda, los cuales estaban indicados por dígitos binarios sobre los mismos. Esto confirmaba que el disco era un registro vibratorio. Debajo del primer período se hallaba otro número, otra duración. Ciertamente no era eso lo que buscaba.

Una línea quebrada y dos rectángulos, el primero con un trazo zigzagueante y el otro con un perfecto círculo: al parecer esas vibraciones debían usarse para construir imágenes, pero si no hallaba el período unidad tardaría mucho en obtenerlas.

El dibujo inferior izquierdo era más interesante: varias líneas de distinta longitud confluían en un centro común, cada una con un número a su lado. Ese dibujo tenía toda la apariencia de ser un mapa en el que se indicaba la ubicación del sistema de origen de la sonda respecto de algunos hitos astronómicos… aunque por otro lado esos números deberían necesariamente ser otros períodos, ya que de lo contrario se haría muy confusa la notación. Pero, ¿períodos? ¡Por supuesto! ¡Ese mapa debía indicar la posición relativa respecto de un grupo de púlsares! El período de un púlsar es casi como su huella digital y conociendo la antigüedad del plano y las distancias relativas a cada uno de los púlsares —dadas por las longitudes de los segmentos—, se podría encontrar la estrella de la cual provenía la sonda. ¡Brillante!

Pues bien, lo único que podía dar el período buscado era ese pequeño dibujo de abajo a la derecha. Estaba formado por dos círculos, el centro de cada uno con un pequeño guion vertical rematado en su extremo superior por un grueso punto. El cenit de ambos círculos estaba atravesado por otro de esos guiones, el de la derecha igual al interior mientras que el de la izquierda se hallaba invertido —Uno entrando y otro saliendo, ¿por qué habría pensado en ello?—. Ambos círculos se hallaban unidos por una raya horizontal debajo de la cual se encontraba un dígito binario, un uno.

Esa debía ser la unidad de tiempo que estaba buscando. Ese era un esquema que representaba un proceso fundamental de la naturaleza cuya duración era conocida por todos en el universo.

Había muchas cosas fundamentales en la naturaleza, pero ¿cuál era la más fundamental?, ¿cuál habrían elegido los constructores?

El hidrógeno era un buen candidato.

Uno entrando y otro saliendo.

¡Por supuesto! ¡El diagrama mostraba una transición entre los dos estados más bajos del hidrógeno! ¡Esa era la unidad de tiempo!

 

Hubiera sido relativamente sencillo el descubrir el origen de la sonda mediante el mapa de púlsares de la placa, por lo que se volcó a la opción, mucho más interesante, de descubrirlo mediante el mensaje del disco.

Pasó varios días mejorando el sistema para leer las imágenes, ya que si bien la idea era simple tenía que construir todo desde cero.

La primera imagen que obtuvo fue un ligeramente achatado círculo. Era ahora evidente el por qué la secuencia de la placa que explicaba la formación de imágenes concluía con esa simple figura geométrica: era el modo de indicar que todo andaba bien. Aunque él tuvo algunos problemas ya que con esa primera imagen se dio cuenta de que estaba «estirando» lo que formaba, mientras que la segunda imagen —un fragmento del mapa de púlsares con el agregado de una galaxia espiral típica, seguramente M-31— le dijo que las estaba reproduciendo invertidas.

Luego de «ajustar» su sistema de reproducción continuó mirando con lentitud lo que obtenía, refrenando deliberadamente su ansiedad. La siguiente imagen podía denominarse «diccionario de definiciones matemáticas», ya que con una serie de puntos y notación binaria enseñaba los símbolos y las convenciones de las operaciones matemáticas básicas.

La cuarta figura definía las magnitudes físicas de masa, tiempo y longitud, usando siempre como patrón al átomo de hidrógeno. De eso se ocuparían otros.

Dos figuras mostraban lo que parecía ser el esquema de un sistema solar, con datos de masa y diámetro de cada uno de los planetas y de su sol, con las distancias medias entre éste y aquellos.

Inconfundibles primeros planos estelares daban paso a un igualmente inconfundible espectro de emisión, el cual fijaba sin lugar a dudas las características de esa estrella.

Pero a partir de allí había algo que no andaba bien: a la imagen del espectro le seguían otras dos que eran iguales a ésta, solo cambiados los tonos de grises. ¿Para qué repetir tres veces la misma imagen? Tal vez… ¡era una imagen a color! Sería fácil descubrir cuál era la verdadera apariencia de ese espectro dado que es una característica del tipo de estrella, por lo tanto podía utilizar esas tres imágenes para saber cuánto rojo, azul y verde debían ser mezclados para obtener el color correcto. ¡Interesante!

Pasó las siguientes horas revisando, y llevando a la práctica, esa posibilidad.

 

Las siguientes cuatro imágenes eran primeros planos planetarios, que por los datos que mostraban debían ser el primero, el cuarto, el quinto y el tercer planeta del sistema. Este último estaba en color, lo que indicaría que ese era el origen de la sonda.

Por un momento creyó reconocer a ese azul mundo, evidentemente oceánico, que estaba contemplando, pero no se preocupó demasiado por ello ya que en su trabajo no era completamente imposible el que lo hubiera visitado alguna vez.

Luego de pasar rápidamente una serie de definiciones de química se encontró ante una inconfundible cadena de ADN. «No es posible», se dijo, ya que esa era la molécula de la herencia exclusiva del planeta Tierra, cuna de su civilización.

«La Tierra», se dijo, y recordó que había visto el azul mundo de sus antepasados hacía casi un siglo de su tiempo local, cuando se decidió a conocer de dónde provenía su raza.

Ocho figuras mostraban huesos, músculos y órganos que prácticamente no diferían de los suyos.

Encontró diagramas de los órganos de reproducción. Un óvulo a punto de ser fecundado y la forma en que empieza a dividirse, el desarrollo fetal, el nacimiento…

Y a continuación, primeros planos de seres humanos.

Diagramas indicando la estructura de la Tierra. La deriva continental. Otras imágenes.

Costas oceánicas. Un río rodeado de bosques y con un fondo de montañas. Un desierto. Un valle muy erosionado.

Y árboles y hojas. Un insecto. Un diagrama simple mostrando la evolución, su evolución.

Una concha marina. Mamíferos acuáticos. Un hombre buceando… Imágenes de un mundo, su mundo, obtenidas por una raza, su raza, centenares de milenios atrás.

Luego vendrían diversas actividades humanas: muestras de arquitectura, templos, ciudades, humanos. Vehículos, edificios, radiotelescopios, libros. Un hombre flotando en torno a su mundo. Una primitiva nave espacial elevándose verticalmente de la superficie.

Un atardecer.

Cuatro personas sosteniendo instrumentos con un fin evidentemente musical daban paso a la última imagen: uno de esos instrumentos, el más pequeño, se hallaba sobre una hoja de algún material en la que se destacaba una sucesión ordenada de símbolos, líneas y círculos que hablaban el idioma de la emoción humana.

En su estupor tardaría mucho en darse cuenta de que las últimas señales de esa cara del disco no eran imágenes, sino música: la Cavatina del Cuarteto para Cuerdas Nº 13 de Beethoven, que volvería completa al final de la otra cara del disco. Allí no habría ya imágenes, sino sonidos, saludos en idiomas olvidados y música que no debería olvidarse. Los murmullos de un mundo que se hallaba a doscientos mil años en el pasado: una nimiedad, en la escala en que se maneja el cosmos.

Los símbolos que él había traducido habían sido creados por sus propios antepasados, los que hablaban en términos de su época con signos que hacía milenios habían sido abandonados.

Cuando logró recuperarse se lanzó con frenesí sobre los libros de historia almacenados en la memoria de la nave.

«…Misiones Voyager al sistema solar exterior. Dos naves de exploración que realizaron importantes aportes al conocimiento de su era […] Cada nave transportaba un disco de oro en el que se resumían las imágenes y la música de la Tierra y su humanidad al comienzo de la civilización técnica…»


Notas con spoilers

Clic para saber más

Para saber más sobre las Voyager, puedes consultar este artículo del blog de Daniel Marín

La historia de las Voyager, los mensajeros interestelares de la humanidad

o este otro

Una visita al reino de las lunas oscuras del séptimo planeta (30 años del sobrevuelo de Urano por la Voyager 2)

o simplemente usa el buscador del blog Eureka.

Y si quieres un ejemplo de la relevancia que las Voyager siguen teniendo hoy en día, más de cuatro décadas después de su lanzamiento, te dejo con este artículo de Francisco Villatoro

Voyager-1 y AMS-02 excluyen los agujeros negros sublunares como materia oscura

Vamos, que han sido fenomenales.

En su momento, para escribir este cuento el libro «Murmullos de la Tierra, el mensaje interestelar del Voyager» fue sumamente útil 😉

Sobre cómo este pingüino se decidió a escribir un relato breve que habla de Marte, y lo que finalmente resultó

¡Atención! Este artículo contiene un relato breve llamado «Otra oportunidad». Estuve tentado a dar al artículo el título de «el pingüino marciano», pero hubiera resultado un tanto confuso. Igual, que quede registrado el hecho indiscutible de que el título «El pingüino marciano» es idea mía, solo me queda encontrar un argumento válido que lo acompañe.


Para el episodio 50 de Radio Skylab, donde se destripa la novela de Rob Weir The Martian y su correspondiente película, los Radionautas organizaron un concurso de relatos cortos (hasta 500 palabras) con tema «colonización de Marte».

En mi juventud pasé una etapa donde escribía y sucesivamente descartaba muchas cosas, hasta que la vida hizo que comenzara a descartar más de lo que escribía llevándome al punto en el que casi nada ha quedado. Quizás por eso, cuando me enteré del concurso decidí saltarlo como siempre… hasta que el recuerdo de un artículo de la NASA (al final diré cuál) se despertó en mi mente y un argumento se construyó de la nada. Redactado in extremis y en un formato que no me es familiar, el mismo día de cierre envié el pequeño relato que encontrarás a continuación. No sé qué valor tenga y de hecho tampoco me interesa: me he divertido volviendo a escribir ficción y eso es lo que importa.


Otra oportunidad

Proteger a un planeta del viento solar creando un pequeño sol artificial puede sonar extremo, pero situaciones extremas requieren soluciones extremas.

La construcción de la estación llevó décadas: lograr que el mayor reactor de fusión jamás creado se mueva gentilmente en su órbita halo en torno al primer punto de Lagrange fue sumamente difícil.

Pero finalmente lo hemos logrado.

El flujo de plasma se estabiliza, las corrientes crecen, el campo magnético se intensifica.

Un campo magnético artificial, creado por un pequeño sol artificial para proteger la atmósfera de un planeta natural: Marte.

Los satélites comienzan a detectar el flujo de campo magnético y casi simultáneamente notan la clara disminución de las partículas del viento solar: el proyecto más grande de la humanidad deja por fin de ser un sueño.

Crear esta línea de defensa para Marte ha sido difícil, pero no más de lo que será mantenerla por siglos, milenios, por el tiempo que sea necesario.

Ahora que estamos protegiendo la tenue atmósfera podremos pensar en hacerla más densa, capaz de sostener temperaturas más altas y agua líquida, de recuperar al menos una parte del océano que alguna vez existió en el planeta.

Todo ha sido estudiado meticulosamente, todas las posibilidades han sido consideradas.

El dióxido de carbono congelado en los polos comenzará a sublimarse, aumentando no solo la presión atmosférica sino también el efecto invernadero. Grandes plantas químicas procesarán minerales de la superficie para emitir más gases que ayuden a retener el preciado calor del Sol.

Y así, lentamente, el planeta volverá a ser habitable.

Pero no para nosotros: para los verdaderos marcianos.

Las sondas de la segunda mitad del siglo XXI nos revelaron que Marte no solo había sido habitable en el pasado, descubrieron de hecho que estuvo habitado.

La vida es tenaz y cuando comienza es difícil detenerla. Las condiciones de Marte cambiaron para peor, los océanos se congelaron y la atmósfera se perdió en el espacio, pero la Vida que surgió al comienzo de su historia luchó para quedarse. Y ganó.

A su manera.

En los depósitos de hielo, bajo las rocas, muy por debajo de la línea donde domina la implacable radiación solar, la Vida se adaptó a un ambiente hostil, pero no por eso vacío de posibilidades.

Metabolismos lentos, requerimientos energéticos extremadamente modestos satisfechos gracias a la química y no al Sol: la biosfera marciana siguió evolucionando bajo la superficie por eones.

Hacer que Marte sea nuevamente habitable es el proyecto más grande encarado por la humanidad. Pero su grandeza no está en la escala de la Ciencia utilizada o en la brillantez de las soluciones dadas por la hija de esta, la Tecnología. Lo que hace que este sea el más grande de los proyectos de la humanidad es que no lo estamos haciendo por nosotros sino para ellos, para los Marcianos.

Le estamos dando a la vida en Marte una nueva oportunidad. Queremos que Marte sea colonizada por verdaderos Marcianos.

Como, 11 de marzo 2018


ReferenciaNASA proposes a magnetic shield to protect Mars’ atmosphere

Cómo responder una pregunta difícil sobre Gandalf

Durante mucho tiempo tuve una pregunta sobre Gandalf dándome vueltas en la cabeza, pero por más que trataba de buscarle una solución no lo lograba. Entonces a principios del año pasado finalmente hice lo que hay que hacer en estos casos: ¡preguntarle a Michael Martinez!

Y armarse de un poco de paciencia, que entre pregunta y respuesta puede pasar un buen tiempo.

Ayer finalmente la respuesta llegó y, como era de esperarse, ha resultado brillante.

Quienes puedan con el inglés, recomiendo encarecidamente ir ahora mismo (¡ya!) al artículo en cuestión:

Could Anduril Have Harmed Gandalf the White?

Para los demás, a continuación haré un resumen tanto de la pregunta como de la respuesta.

La pregunta

La escena es el bosque de Fangorn. Los Cazadores se encuentran con quien creen que es Saruman, lo amenazan con sus armas y… ¡resulta ser Gandalf que ha vuelto de la muerte!

En ese momento Gandalf el Blanco le dice a Gimli que ninguna de las armas que ellos tienen puede dañarlo…

Lo cual siempre me dejó rascándome la cabeza: ¡entre las armas allí presentes estaba Anduril, la llama del oeste! ¿Quiere decir esto que Gandalf el Blanco era inmune a Anduril, la espada que el propio Sauron temía?

La respuesta

Como dije antes, la respuesta de Michael Martinez es simplemente brillante.

A este punto de la historia es claro que los planes de los Valar habían fracasado, y mal: de los Istari solo Gandalf había quedado fiel a su misión, pero se había sacrificado en Moria para salvar a los otros. Fracaso total: nadie quedaba ya en la Tierra Media para ayudar a derrotar a Sauron.

El regreso de Gandalf fue entonces orquestado no por los Valar, quienes habían fracasado completamente (y no por primera vez) en sus planes, sino por el mismo Ilúvatar. No es de extrañar entonces que Gandalf volviera más fuerte, más sabio… y con una garantía: ya no podría caer por la acción de armas convencionales.

Esto no significa que Gandalf fuera más poderoso que Sauron ya que actuar por la fuerza no era su misión. La misión de Gandalf el Blanco era la misma que la de Gandalf el Gris: aconsejar, dar esperanza, poner las cosas en movimiento y ayudar en momentos de extrema necesidad. Al enviar a Gandalf de regreso Ilúvatar se aseguró que esa misión fuera llevada adelante hasta hasta las últimas consecuencias dándole al mago una «bendición» que lo hiciera invulnerable.

Y sí, también le dio más poder, el cual Gandalf utilizó para curar a Theoden, para enfrentar a Saruman y para detener al Rey Brujo a la entrada de Minas Tirith. Pero especialmente en esta última acción resulta claro que la misión de Gandalf era poner en movimiento la resistencia de la gente, no luchar él mismo, ya que no hubo batalla entre él y el señor de los Nazgûl. El final de este último, como todos sabemos, llegó de manos mortales.

¡Ya tengo mi respuesta!

Breve teatralización de una conversación no muy casual

Se levanta el telón. Dos personas cruzan la escena caminando de izquierda a derecha. El primero, [A], lleva las manos en los bolsillos y una expresión algo incrédula. El segundo, [B], sostiene un libro de tapa dura y buena encuadernación con el borde de las hojas doradas.

El diálogo que se presenta al espectador continúa una conversación que inició fuera de escena.

[A] (Frunciendo el ceño)

—Veamos si te entiendo bien. Yo comento que la ciencia nos habla de un universo enorme, posiblemente infinito y con millardos de años de antigüedad. Digo que la materia que nos forma fue en gran parte forjada, a partir de los protones creados al inicio del tiempo, en la explosión de las primeras estrellas gigantes. Digo que los restos de esas explosiones enriquecieron el medio interestelar con elementos pesados. Digo que este proceso se repitió y que las nubes de polvo e hidrógeno que se formaron colapsaron entonces para crear una nueva generación de estrellas y con ellas sistemas solares con planetas rocosos donde un intrincado proceso evolutivo tuvo la oportunidad de crear vida a partir de la química, llevando así adelante un ecosistema cada vez más complejo donde todas las partes interaccionan entre sí en forma exquisita… ¿y me acusas de «reduccionista» al no aceptar yo tu idea de un único creador omnipotente responsable de cada detalle del universo?, ¿de que todo existe solamente por un único acto creador de una única «voluntad divina»? Debo admitir que encuentro alguna dificultad al tratar de comprender tu idea de qué es el «reduccionismo»…

[B] (Respira profundamente y realiza un breve gesto llevando ambas manos brevemente hacia delante)

—Ok, probemos de otra manera. Olvidémonos por un momento de que eres ateo…

[A]

—Agnóstico. Niego el «diseño inteligente» en cualquiera de sus formas, incluso cuando intentan disfrazarlo de ciencia a través de una absurda «evolución guiada». Niego que el universo tenga un propósito, sobre todo cuando quieren venderme la idea absurda de que los humanos somos el centro del universo y la razón de su existencia. Niego que tenga sentido el pensar en un dios personal que atiende todas las plegarias, incluso aquellas que no están exentas de un absurdo egoísmo. Niego todas esas «hipótesis» porque ninguna de ellas logra superar la más mínima confrontación con la realidad, pero no me preocupo por la posibilidad de que exista un… digamos «ente superior»: la discusión de si existe o no un «dios» independiente de las religiones humanas simplemente no me interesa, solo me preocupa que la gente se dañe a si misma aferrándose a una esperanza sin fundamento organizada en forma de rito y que dañe a otros tratando de imponer su fe en esa esperanza y en esos ritos.

[B] (Luego de una breve pausa)

—Como sea. Olvidémonos. Trata de utilizar tu imaginación en este pequeño experimento.

[A] (Bajando la voz)

—Ok. Después de todo no es a mi a quien falta imaginación…

[B] (Ignorando el comentario)

—Perfecto, entonces. Trata de imaginar, al menos por un momento, que realmente existe Dios, que al término de tus días llegas a Su presencia y que Él te acepta en su Gloria. Piensa, imagina: ¿qué le preguntarías?

[A] (Manteniendo una expresión neutra)

—Cómo se accede al Bugzilla del universo.

[B] (Abre los ojos desmesuradamente y trata de decir algo, pero no lo logra)

[A] (Quita las manos de sus bolsillos para ayudar su discurso con gestos)

—¡Es claro que el universo está lleno de «bugs»! Y ni hablar del ser humano, de nosotros. ¡En algún lugar se tienen que poder reportar todos esos problemas!

[B] (Frunciendo el ceño)

—¿De qué…?

[A]

—El nervio laríngeo recurrente, por ejemplo. Va del cerebro, baja hasta el tórax para pasar en torno al arco de la aorta y vuelve a subir hasta la garganta: ¿a quién se le ocurre introducir una desviación tan absurda? Ya en el ser humano resulta ridículo, ¡ni hablar de los metros de más que recorre en la jirafa!

[B] (Breve gesto incierto, tratando de encontrar qué decir)

—Pero…

[A] (Señalándose la garganta)

—¿A quién se le puede ocurrir que la primer parte del tracto digestivo debe coincidir con la primer parte del aparato respiratorio? ¡Los niños que habrán tenido problemas, o incluso habrán muerto por asfixia al tratar de tragar algo demasiado grande!

[B] (Con gesto de alarma)

—Bueno…

[A] (Señalando hacia… abajo)

—Y eso sin entrar en el viejo chiste de «a quién se le ocurre poner un desagüe tóxico en medio de un área recreativa»…

[B] (Tos nerviosa)

[A] (Señalándose los ojos)

—El sistema de reconocimiento visual de los humanos, por ejemplo, debería tener varios reportes en su contra. Entiendo que la pareidolia surja como un comportamiento adaptativo válido, ¿pero adorar una tostada porque presenta una «aparición mariana»? ¡Eso ya me parece un «release stopper»!

[B] (Con un gesto, y un tono, de desaprobación)

—Eres imposible…

[A] (Con un amplio gesto en el que levanta la cabeza y alza ambas manos, blandiendo los índices)

—¡Ah! Tratar de huir de los temas que ponen en entredicho las propias creencias personales acusando a los demás de no ser capaces de discutir civilizadamente, ¡cuando son ellos mismos los que no saben discutir! Para ese reporte será fácil conseguir muchísimos ejemplos…

(Piensa por un momento, luego inclina ligeramente su cabeza y mientras se acerca brevemente a su interlocutor comienza a hablar con un gesto que pretende mostrar seriedad al tiempo que está cargado de ironía)

—Los meta-bugs que reúnen los sesgos cognitivos por un lado y el abuso de falacias por el otro deben ser monstruosos…

(Gira y comienza a alejarse, nuevamente con las manos en los bolsillos).

[B] (Quedándose atrás y hablando en voz baja, como para sí mismo, mientras su interlocutor sigue caminando)

—¿Por qué será tan difícil que los ateos comprendan?

[A] (Saliendo de la escena)

—¡AGNÓSTICO! ¡El módulo de comprensión de lenguaje también debe tener varios reportes en su contra!

[B] Queda en una posición rígida, mandíbula y puños firmemente cerrados. Cae el telón.


NOTAS

Lo de la tostada parece broma, pero desgraciadamente no lo es:

BBC News: Woman ‘blessed by the holy toast’

Magonia: Cuando el cerebro nos engaña

Magonia: La vendedora de la Virgen del Sándwich se tatúa la imagen del emparedado en el pecho

Pareidolia en la wikipedia

El diálogo refleja, en forma caricaturesca, varias charlas (muchas de ellas inútiles) que he tenido en mi vida. Los ejemplos que doy vienen de varias fuentes:

Los problemas asociados con respirar, hablar y comer por el mismo conducto se grabaron a fuego en mi memoria cuando, siendo niño, vi cómo el hermanito (unos tres años) de un compañero de escuela casi muere asfixiado por un caramelo «media hora» (una esfera sólida del tamaño de una canica mediana). Afortunadamente un adulto cercano supo qué hacer y lo salvó… por poco.

El chascarrillo de los ingenieros hablando sobre el diseño del cuerpo y de que solo un ingeniero civil podría poner un desagüe tóxico en medio de un área recreativa es bastante viejo 😉

Lo del nervio laríngeo recurrente lo aprendí hace poco en este vídeo

It’s Okay To Be Smart: Evolution Is Dumb – 12 Days of Evolution #6

(la serie completa es sumamente recomendable, puede verse desde aquí: «The 12 Days of Evolution»)

Más información en la wikipedia en inglés (la versión en castellano del artículo es incomprensible):

Recurrent laryngeal nerve

Existen muchos lugares donde aprender qué son los sesgos cognitivos (por ejemplo, el RationalWiki) por lo que dejo al lector el ejercicio de buscarlos. Lo mismo con las «falacias» y cuál es el problema con ellas, pero hace poco descubrí (como siempre, por casualidad) una página tan útil como divertida donde estas se muestran en forma gráfica: Falacias explicadas gráficamente.

Y por supuesto, el protagonista de la charla: Bugzilla 😉


BONUS TRACK: Does the Universe Have a Purpose? feat. Neil deGrasse Tyson (tiene subtítulos en castellano)

Una de romanos (en realidad dos)

Desde hace ya varios años distintos conocidos han insistido una y otra vez en que tenía que leer a Manfredi: que los libros son buenos/entretenidos/interesantes/<ponga un adjetivo positivo aquí>.

Uno de los argumentos más comunes con los que me han atacado incentivado ha sido siempre «y además puedes leerlo en idioma original», lo cual es cierto: dado que desde hace doce años vivo en Italia tengo una cierta fluidez con la «lengua del Dante».

El problema está en que siempre he sentido gran desconfianza en los «best sellers» y este señor ha ganado dei bei quattrini con sus muchas novelas, lo cual me generaba sospechas.

Antes de que alguien proteste recordándole a este pingüino tolkiano que «el señor de los anillos» es un best-seller a escala mundial, tengo dos cosas para decir en mi defensa:

  1. Tolkien no fue precisamente un autor prolífico

  2. Conocí sus libros hace casi treinta años, en una época sin Internet y donde uno llegaba a un nuevo autor cuando un amigo le prestaba un libro: me llevó literalmente años el saber que Tolkien era famoso…

Pero volvamos a Manfredi y sus romanos. Tanto me hablaron sobre este autor que (quizás para que finalmente cambiaran de tema) pasando yo un día por una librería vi en oferta un volumen con tres de sus novelas: los idus de marzo (Idi di marzo), el imperio de los dragones (L’impero dei draghi) y la última legión (L’ultima legione).

Pasaron todavía algunos meses antes de decidirme a abrir el libro. Finalmente, he aquí mis impresiones.

Sobre el primer relato, la palabra que vino a mi mente al terminarlo fue innecesario. Luego llegó la construcción oportunidad desperdiciada. En fin, que me dejó un tanto indiferente.

Parecería que mientras paseaba los dedos por el teclado de su computadora, el autor estaba imaginándose con avidez a un productor de Hollywood que venía a ofrecerle un grueso cheque con el cual financiar un film épico de acción (algo que, hasta donde sé, afortunadamente no ha sucedido). De hecho, una mitad de la historia sucede en los caminos del imperio, centrándose en la urgencia del protagonista de llegar a destino «antes de que sea tarde» y a pesar del clima adverso y de los malos de turno que quieren detenerlo. La otra mitad de la historia sucede en Roma, con un juego casi de película (mala) de espionaje donde algunos tratan de averiguar algo que al parecer era sabido por todos menos por los afectados.

¿Por cuál motivo Publio Sestio tuvo que alejarse tantos kilómetros para convencerse de algo que en Roma todos parecían saber, aceptando sin discusión en aquellos lejanos parajes un rumor tan poco claro como el que circulaba en su ciudad de origen de que «algo grave estaba por suceder»? Realmente no tiene sentido.

La historia al menos hubiera dado para una reflexión sobre los personajes principales (Julio Cesar, Cleopatra, Antonio, Bruto…), pero solo ofrece esquemas de esos personajes: realmente no me creo mucho ni que Bruto fuera tan idealista (y por momentos, tonto) ni que Cesar fuera tan moderno en su forma de pensar…

Pero bueno, al menos el relato es fácil de seguir y las páginas se pasan con agilidad. Es una lectura aceptable, pero nada del otro mundo.

Luego comencé con «el imperio de los dragones» y ahí sí que la cosa fue diferente: un completo desastre.

En realidad la obra empieza bien: el «rey de los reyes», Shapur I de Persia, engaña y captura al emperador Valeriano en lo que seguramente fue la humillación más grande sufrida por Roma en toda su historia. El relato acompaña entonces a los prisioneros (entre ellos, claro está, el protagonista real de la historia: Marco Metello Aquila) a través de varias vicisitudes como la muerte del emperador (cremación exprés incluida), una fuga imposible y… ¡un viaje hacia China!

La historia hubiera sido sumamente interesante de no ser porque el autor parece olvidarse de su formación académica y, a medida que avanza en el relato, se prodiga en disparates de calibre cada vez mayor, con guerreros chinos que «vuelan» con alas de seda, combaten realizando acrobacias proezas que el propio Bruce Lee consideraría exageradas y con un personaje que (¡ahhhhhh!) salva la vida de otro concentrándose y absorbiendo a distancia parte del golpe que lo habría matado…

Ni hablar del momento en el cual uno de los personajes hace la vertical sosteniéndose solo con el dedo índice de una mano… por fortuna la escena pasa rápidamente, que casi tiro el libro al piso y comienzo a saltarle encima.

Me encantan las novelas históricas (ya que estamos con Roma, si pueden encontrarla no dejen pasar Galla Placidia, de Lidia Storoni Mazzolani) y disfruto enormemente de las historias de fantasía bien escritas, pero en fin, que o escribes un libro de fantasía o una novela histórica, las dos cosas simultáneamente no cuadran.

Esta vez la palabra «innecesario» no corresponde: la idea de base (un romano del tercer siglo visitando la lejana tierra de la seda) es realmente interesante, pero la frase oportunidad desperdiciada sí se aplica, sobre todo si dicha con un cierto enojo.

El libro chorrea misticismo mal entendido, personajes chatos y por momentos contradictorios y «golpes de escena» que solo sorprenden (cuando lo hacen, que uno de los principales está más que cantado) porque en realidad son tan absurdos que nadie en su sano juicio podría esperarlos.

Muchos me han dicho que el mejor libro de Manfredi es el que me quedaría por leer, la última legión, pero a decir verdad no me han quedado muchas fuerzas para comenzarlo. Un fallo en mi búsqueda del dao, seguramente.