¡Verano!

Llega la tradicional pausa pingüinera de mitad de año. Estimado lector, si vives en el hemisferio norte usa abundante protector solar y trata de mantenerte bien hidratado (no, la cerveza no cuenta: el alcohol hace exactamente lo contrario de hidratar) mientras que si eres del hemisferio sur, bufanda y guantes que no es cosa de andar tomando frío.

El próximo artículo será el 12 de septiembre. ¡Nos leemos!

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Este pingüino estuvo en el podcast de KDE España

El lunes 17 de junio 2019 participé del podcast de KDE España, hablando de literatura y de las herramientas para escribir y dar formato que nos ofrece el software libre. Si tienes dos horas libres, la charla ha sido muy interesante.

KDE y software para el arte IV: literatura


Edito: ahora es posible descargar/ver el programa desde archive.org

Estrenando portatil linuxero: TUXEDO-Book-BC1507

Pues aquí estoy, escribiendo desde mi nuevo TUXEDO-Book-BC1507. En el artículo de hoy cuento mis impresiones luego de unos días de uso, cómo fue el proceso de compra, qué está bien e incluso alguna que otra crítica, que tampoco hay que insultar a los dioses con la perfección humana.

TUXEDO Computers es una compañía alemana que construye «a medida» portátiles linuxeros. De hecho, si quieres el windoze ese te lo tienes que pagar aparte. Si te la apañas con el teclado inglés o el alemán, ¡hasta puedes pedir tu portátil con un pingüino en la tecla META!

Pero yo quería teclado en castellano por lo que… en fin, la ventanita. Ya lo dije, no hay que insultar a los dioses.

La compra ha sido sumamente placentera. A diferencia de otras compañías que ofrecen portátiles linuxeros, TUXEDO te da todas las posibilidades a la hora de pagar: no solo tarjeta de crédito, sino también paypal, transferencia bancaria, lo que se te ocurra. De hecho, yo pagué con una transferencia SEPA. Pones la orden en la página, te envían las coordenadas bancarias y desde que se registra el pago en cinco días hábiles ya te están tocando el timbre con exactamente lo que has pedido: ¡arman cada portátil en el momento!

Eso sí, el correo de confirmación de que ya estaba todo en marcha vino en alemán… un traspié, imagino.

Las líneas «imponen respeto» y la construcción se ve sólida. A pesar de no tener un chasis en aluminio se mantiene fresca, el ventilador casi no se siente y la salida de aire está ingeniosamente colocada hacia atrás en lugar de hacia un lado (o incluso hacia abajo) como en la mayoría de las portátiles. La batería rinde muy bien: estoy escribiendo esta entrada sin cargar, con el wifi y todo apunta a más de 4 horas de autonomía. Es importante notar que la bios tiene una opción llamada FlexiCharger que permite decir que el sistema deje de cargar cuando llega a un cierto porcentaje (por ejemplo, 90 %), por lo que en principio no es necesario quitar la batería cuando se trabaja mucho tiempo en una posición fija y con cargador, solo hay que habilitar esta opción. Además de venir con exactamente lo que el cliente pide, todos los componentes están a solo un destornillador de distancia: nada de memorias soldadas o cosas así, todo es accesible, todo puede repararse o sustituirse, ¡hasta viene con tornillos de repuesto!

El teclado es cómodo y «silencioso»: no hay traqueteo e incluso las teclas del touchpad (¡las tiene!) casi no hacen ruido.Además es retroiluminado con led y la iluminación se puede regular fácilmente. Si quisiera hacer una pequeña crítica aquí, podría decir que un poco de esta iluminación «se escapa» por los bordes de las teclas, no va solo a través de los símbolos en ellas, pero es algo realmente menor y si se usa una iluminación baja no molesta.

¿Única pega? dicen de darte un sistema preinstalado a tu elección, pero en realidad cargan un «net-install». Eso para mí ha sido un pequeño inconveniente: por una parte el net install que colocaron no era del Leap 15.1 final, sino del beta, y por otro se dio una pequeña catástrofe regional donde el internet de esta zona se cayó para todos justo el día en el que llegó el paquete, por lo que no había red con la cual terminar la instalación…

Pero ningún problema: había encargado también un lector/escritor de DVD externo (el modelo no tiene uno interno) por lo que con él «quemé» desde la otra máquina el instalador de openSUSE Leap 15.1 en un DVD-RW, arranqué la nueva máquina desde el mismo DVD conectado al puerto usb (es un usb 3.1, para más datos) y en un ratito todo estaba instalado, listo para cuando regresó el internet.

Este modelo acepta hasta dos discos, uno SSD y el otro tradicional. Dado que ya me estaba cayendo (estrepitosamente) del presupuesto, me quedé solo con un disco tradicional de 1 T y en cambio opté por más RAM (16 gigas). El procesador en un i5 de octava generación y cuatro núcleos. Teclado español retroiluminado con led regulables, pantalla mate de 1920×1080 y 96ppp… en fin, que respecto de lo que tenía antes es un lujo. Por ahora estoy muy contento y todo funciona a la perfección.

¡Quién hubiera dicho hace 10 años que ahora tendríamos compañías como TUXEDO o Slimbook, ofreciendo productos tan bien realizados y pensados para el pingüino!


Nota: antes de que alguien lo reclame he aquí una captura de pantalla, pero todavía no estoy decidido sobre el fondo, por lo que puede cambiar

La imagen creo que la saqué hace mucho del APOD de la NASA, pero no recuerdo en qué fecha.

Dos museos para Alexander Sokurov

Cuando en 2002 se estrenó la magnífica película de Alexander Sokurov magníficamente titulada El arca rusa tanto la crítica como el público quedaron extasiados, y con razón: el film es un alarde no solo técnico sino principalmente artístico y narrativo que te deja sin palabras.

Con una duración de 96 minutos, la película fue filmada en una sola secuencia, sin cortes, en una única, continua e impresionante toma que recorre no solo 33 estancias del Hermitage de San Petersburgo sino también tres siglos de historia rusa. Más de 2000 (sí, dos mil) actores con su vestuario y maquillaje, tres orquestas en vivo y un trabajo inimaginable de organización y creatividad hacen de este film algo realmente imperdible.

Francofonia, del 2015, también está filmado en un museo, esta vez el Louvre de París. La película, que también es magnífica, falló sin embargo en lograr la apreciación que se merecía. Quizás muchos estaban esperando una «versión francesa» del precedente film y se sintieron defraudados al ver que utilizaba técnicas de edición (más) convencionales, con cortes, cambios de escena y varias cámaras. Posiblemente fue esta infundada expectación, este sesgo, el que impidió a mucha gente el poder ver el verdadero valor del film… eso y el hecho de que, en realidad, resulta una película bastante «más difícil» que la otra.

Y es que Francofonia no podía ser más distinta de El arca rusa: el museo no es ya protagonista sino testigo, no se recorre «la Historia» sino un momento, no es sobre el desarrollo de una nación sino que habla de la improbable relación de trabajo de dos enemigos que en el fondo están preocupados por el mismo problema.

13 años no son pocos, por lo que si bien sigue gustando de escenas largas y detalladas (no te pierdas El Sol) Sokurov ya no está tan interesado en experimentar con desafíos técnicos, ahora quiere jugar con la imagen y con la narrativa. Algunas técnicas de saturación de colores y superposición de imágenes, «recorte» del plano de visión y otras «cosas extrañas» ya habían sido probadas en El Fausto (que sí te puedes perder), pero no se quedó allí: el director toma actores, vestuarios, muebles y vehículos perfectamente ambientados durante la ocupación alemana de París en la segunda guerra y los mezcla con señales de tránsito modernas en calles asfaltadas de la actualidad y con turistas que caminan por la rivera del Sena de hoy en día. No estamos viendo la reconstrucción histórica de un momento, nos encontramos frente a los fantasmas de esa historia, a la memoria de los hechos que trata de no ser olvidada, que trata de ser comprendida.

Eso sí, no todo es cambio. Y es que Sokurov ya había visitado estos museos en 1996 con el melancólico mediometraje Hubert Robert, una vida afortunada, film que, creo, te ayudará a ver esa parte de la mente del director que nunca ha cambiado.

Si luego de asombrarte con El arca rusa realmente quieres disfrutar de Francofonia, y es una película que merece ser disfrutada, mira primero esta pequeña maravilla de 26 minutos sobre un pintor romántico francés al que le gustaba imaginar ruinas.

Vale la pena.

Decir «GNU/Linux» también está mal

Me vino la loca idea de iniciar una sección de diatribas en este blog, un lugar desde el cual poder insultar a todo el mundo sin reservas. Aquí va la primera entrega de esta nueva misión.

¡AAAAAAL(imagina a un pingüino corriendo con una espada)AAAAAATAQUEEEEEE!


Hoy quiero aclarar dos puntos que considero importantes. Quizás mucha gente se enoje por esto, pero bueno, las cosas hay que decirlas.

La primera sorprenderá a muchos Stallmanitas por allí, pero el tema de San iGNUsio de la iglesia de emacs es (o al menos debería ser) una broma. No, en serio, el software libre no es una religión sino una metodología para producir software de calidad en una forma que beneficie tanto a los desarrolladores como a los usuarios, tratando de no dejar a nadie fuera. Y no, tampoco puede decirse que sea una filosofía como el zen, el budismo u otras cosas semejantes. Digo esto porque estoy particularmente harto de algunos partidarios del software libre tratando de «evangelizar» al resto del mundo: las licencias no son evangelios, son licencias. Tampoco puede decirse que el software libre sea «una cuestión ética» ya que la ética (o falta de ella) estará en los usuarios y desarrolladores, no en las herramientas: es el uso del objeto, no el objeto en sí, lo que puede estar sujeto a consideraciones éticas.

El segundo punto es el que da título a este artículo: es verdad, decir solo «Linux» no es correcto, pero decir solo «GNU/Linux» es aún peor.

Es posible que el señor Stallman se contente con usar bash y emacs sin servidor gráfico, pero estoy bastante seguro de que muchos usuarios de sistemas libres, incluyendo a muchos de los «extremistas» más recalcitrantes, no los utilizarían si no fuera por una interfaz gráfica medianamente accesible. Interfaz gráfica que no es parte del proyecto GNU, que se construye con un servidor gráfico con licencia MIT y un escritorio… con alguna licencia.

Pero incluso el señor Stallman tiene que conectarse a internet para publicar sus artículos, y para eso utilizará seguramente las componentes de red de su sistema operativo y un servidor web. Que yo sepa, ninguno de esos componentes es parte del proyecto GNU.

Decir simplemente Linux es una forma perezosa de decir «sistema construido sobre el kernel Linux con otras librerías y componentes», mientras que decir GNU/Linux es el acto premeditado de ignorar explícitamente todas las componentes MIT, BSD, MPL, Apache, etcétera que forman una unidad con el sistema, que lo vuelven útil.

Piénsalo un momento: quitas LibreOffice, LATEX, Firefox, Plasma o gnome, quitas todas esas cosas y te quedas con un sistema GNU/Linux «puro», ¿puedes hacer algo útil con él?, ¿verdad que no? Y no me vengas con una lista de todas las maravillosas cosas que puedes hacer con emacs, que no todo el mundo es masoquista.

Está mal el ser «solo un poco más correcto». Insisto: decir solamente «GNU/Linux» es aún más injusto que decir solo «Linux» ya que estarías explícitamente ignorando otras componentes.

En fin, llama a las cosas como quieras, que tengo edad suficiente como para saber que la gente no cambia. «Genio y figura hasta la sepultura», decía mi abuela. Solo te pido que no vengas a «evangelizarme» que ya estoy harto de esos que vienen a tocar el timbre un sábado por la mañana para darme «la buena noticia».

A quien pregunte, yo uso openSUSE Leap.


EDITO: Para un artículo con otro punto de vista sobre estos temas, consulta al amigo Victorhck

Enésima diatriba sobre “Linux vs. GNU/Linux”. Escapando del “flame”


Tranquilo, el próximo artículo será normal. Ya veremos cuándo viene la próxima diatriba. ¡Temas para protestar nunca faltan!

«El mensajero» (relato)

Por distintos motivos que no conviene comentar en estas primeras líneas, recordé hace poco un relato de ciencia ficción que escribí hace ya unos 30 años, cuando era joven y productivo 😉

He intentado corregir los excesos de la redacción original (como dijo Borges alguna vez «todo escritor comienza siendo barroco»), ya me dirás si lo he conseguido.


El mensajero

El tiempo de reacción del cual dispuso el capitán fue extremadamente breve. La composición metálica del objeto y su escasa densidad mostraban sin lugar a dudas que era artificial, no una simple roca, por lo que sin pensarlo dos veces ordenó capturarlo, igualando su velocidad a la de la nave.

La pequeña sonda fue así recuperada, pero a un gran costo y con un enorme riesgo: una pequeña falla en el campo de empuje y se habrían estrellado contra ella a prácticamente la velocidad de la luz. Era evidente el que recibiría una fuerte amonestación cuando llegasen a destino… Para colmo el escaso tiempo no permitió tomar buenas mediciones de su curso ni de su velocidad, por lo que era imposible decir de dónde provenía.

¡Pero qué importaba todo eso ahora! Ya nada podría empañar el enorme descubrimiento que acababa de hacer.

Evidentemente se trataba de una sonda de exploración planetaria, lanzada en los albores de alguna civilización técnica quizás desaparecida: la antena de «largo» alcance que cubría toda una de sus caras, aquellos objetos que deberían ser cámaras, el pequeño generador por isótopos radiactivos hace ya mucho extinto que se proyectaba lejos del cuerpo principal… todo lo mostraba.

Pero entre todos esos objetos, fácilmente reconocibles con un poco de imaginación, había algo que resaltaba extrañamente y que no parecía encajar en nada: Un disco dorado, rayado por golpes de micrometeoritos y extraños dibujos aún reconocibles, llamaba la atención sobre uno de los flancos de la sonda. Tenía electrochapado una fuente de uranio 238 que indicaba una antigüedad de unos doscientos mil años, lo suficiente como para haber llegado hasta allí desde casi cualquier lado.

Al extraer la placa circular lo sorprendió la existencia de otro disco que se ocultaba detrás del anterior y que estaba recorrido por un fino surco que trazaba una apretada espiral sobre cada una de sus caras. En el centro de la cara que miraba hacia la sonda se veía un grabado ciertamente desconcertante del cual se ocuparía a su debido tiempo.

También encontró una pequeña pieza metálica guardada allí, último detalle de una tríada de misterios.

«La clave debe estar en la cubierta», se dijo, mientras realizaba un escaneo tridimensional de todas las piezas.

 

Pero, ¿por dónde empezar? Bueno, ese círculo dibujado allí solo podía representar al disco interior y eso marcado en su periferia era un diagrama de la pieza de metal: al parecer, la parte aguda de esta última debía entrar en contacto con el disco, pero ¿para qué? ¿Y qué había que hacer con el otro extremo? ¿Habría dentro de la sonda algo donde conectarlo? No, debía ser otra cosa: en los inicios de toda cultura espacial el peso era un factor crítico y hasta los escasos gramos de los discos debieron ser cuidadosamente considerados a la hora del despegue.

A continuación del círculo —¿debajo?, ¿a un costado?— se veía una línea que debía representar al disco visto de canto ya que también poseía sobre su extremo un diagrama de la pieza de metal. Aparentemente la parte aguda de la misma debía ir en contacto con el surco.

Algo intrigante eran las líneas cortas que rodeaban al círculo y que también se hallaban junto al «disco de perfil». ¿Notación binaria? Pero si lo eran, ¿en qué sentido debían leerse? De los dos tipos de líneas, ¿cuál representaba al cero y cuál a la unidad? Y más importante aún, ¿de qué servían esos números?

Examinó una imagen ampliada del surco, notando una cierta regularidad en sus irregulares paredes. Tal vez la pieza de metal debía recorrer el surco para detectar sus rugosidades y transformarlas en vibraciones, las cuales podían contener muchísima más información que algunos simples dibujos. Eso no solo indicaba el sentido en el que debían leerse los números —el de la espiral—, sino que también daba sus significados: el que estaba en torno al círculo debía dar el período en el cual la pieza tendría que dar una vuelta, mientras que el que estaba debajo del disco-de-perfil, que era mayor, debía indicar la duración total… ¿pero en qué unidades? Ese dato tendría que estar en alguno de los otros dibujos.

El de arriba a la derecha mostraba tres períodos de una típica función de onda, los cuales estaban indicados por dígitos binarios sobre los mismos. Esto confirmaba que el disco era un registro vibratorio. Debajo del primer período se hallaba otro número, otra duración. Ciertamente no era eso lo que buscaba.

Una línea quebrada y dos rectángulos, el primero con un trazo zigzagueante y el otro con un perfecto círculo: al parecer esas vibraciones debían usarse para construir imágenes, pero si no hallaba el período unidad tardaría mucho en obtenerlas.

El dibujo inferior izquierdo era más interesante: varias líneas de distinta longitud confluían en un centro común, cada una con un número a su lado. Ese dibujo tenía toda la apariencia de ser un mapa en el que se indicaba la ubicación del sistema de origen de la sonda respecto de algunos hitos astronómicos… aunque por otro lado esos números deberían necesariamente ser otros períodos, ya que de lo contrario se haría muy confusa la notación. Pero, ¿períodos? ¡Por supuesto! ¡Ese mapa debía indicar la posición relativa respecto de un grupo de púlsares! El período de un púlsar es casi como su huella digital y conociendo la antigüedad del plano y las distancias relativas a cada uno de los púlsares —dadas por las longitudes de los segmentos—, se podría encontrar la estrella de la cual provenía la sonda. ¡Brillante!

Pues bien, lo único que podía dar el período buscado era ese pequeño dibujo de abajo a la derecha. Estaba formado por dos círculos, el centro de cada uno con un pequeño guion vertical rematado en su extremo superior por un grueso punto. El cenit de ambos círculos estaba atravesado por otro de esos guiones, el de la derecha igual al interior mientras que el de la izquierda se hallaba invertido —Uno entrando y otro saliendo, ¿por qué habría pensado en ello?—. Ambos círculos se hallaban unidos por una raya horizontal debajo de la cual se encontraba un dígito binario, un uno.

Esa debía ser la unidad de tiempo que estaba buscando. Ese era un esquema que representaba un proceso fundamental de la naturaleza cuya duración era conocida por todos en el universo.

Había muchas cosas fundamentales en la naturaleza, pero ¿cuál era la más fundamental?, ¿cuál habrían elegido los constructores?

El hidrógeno era un buen candidato.

Uno entrando y otro saliendo.

¡Por supuesto! ¡El diagrama mostraba una transición entre los dos estados más bajos del hidrógeno! ¡Esa era la unidad de tiempo!

 

Hubiera sido relativamente sencillo el descubrir el origen de la sonda mediante el mapa de púlsares de la placa, por lo que se volcó a la opción, mucho más interesante, de descubrirlo mediante el mensaje del disco.

Pasó varios días mejorando el sistema para leer las imágenes, ya que si bien la idea era simple tenía que construir todo desde cero.

La primera imagen que obtuvo fue un ligeramente achatado círculo. Era ahora evidente el por qué la secuencia de la placa que explicaba la formación de imágenes concluía con esa simple figura geométrica: era el modo de indicar que todo andaba bien. Aunque él tuvo algunos problemas ya que con esa primera imagen se dio cuenta de que estaba «estirando» lo que formaba, mientras que la segunda imagen —un fragmento del mapa de púlsares con el agregado de una galaxia espiral típica, seguramente M-31— le dijo que las estaba reproduciendo invertidas.

Luego de «ajustar» su sistema de reproducción continuó mirando con lentitud lo que obtenía, refrenando deliberadamente su ansiedad. La siguiente imagen podía denominarse «diccionario de definiciones matemáticas», ya que con una serie de puntos y notación binaria enseñaba los símbolos y las convenciones de las operaciones matemáticas básicas.

La cuarta figura definía las magnitudes físicas de masa, tiempo y longitud, usando siempre como patrón al átomo de hidrógeno. De eso se ocuparían otros.

Dos figuras mostraban lo que parecía ser el esquema de un sistema solar, con datos de masa y diámetro de cada uno de los planetas y de su sol, con las distancias medias entre éste y aquellos.

Inconfundibles primeros planos estelares daban paso a un igualmente inconfundible espectro de emisión, el cual fijaba sin lugar a dudas las características de esa estrella.

Pero a partir de allí había algo que no andaba bien: a la imagen del espectro le seguían otras dos que eran iguales a ésta, solo cambiados los tonos de grises. ¿Para qué repetir tres veces la misma imagen? Tal vez… ¡era una imagen a color! Sería fácil descubrir cuál era la verdadera apariencia de ese espectro dado que es una característica del tipo de estrella, por lo tanto podía utilizar esas tres imágenes para saber cuánto rojo, azul y verde debían ser mezclados para obtener el color correcto. ¡Interesante!

Pasó las siguientes horas revisando, y llevando a la práctica, esa posibilidad.

 

Las siguientes cuatro imágenes eran primeros planos planetarios, que por los datos que mostraban debían ser el primero, el cuarto, el quinto y el tercer planeta del sistema. Este último estaba en color, lo que indicaría que ese era el origen de la sonda.

Por un momento creyó reconocer a ese azul mundo, evidentemente oceánico, que estaba contemplando, pero no se preocupó demasiado por ello ya que en su trabajo no era completamente imposible el que lo hubiera visitado alguna vez.

Luego de pasar rápidamente una serie de definiciones de química se encontró ante una inconfundible cadena de ADN. «No es posible», se dijo, ya que esa era la molécula de la herencia exclusiva del planeta Tierra, cuna de su civilización.

«La Tierra», se dijo, y recordó que había visto el azul mundo de sus antepasados hacía casi un siglo de su tiempo local, cuando se decidió a conocer de dónde provenía su raza.

Ocho figuras mostraban huesos, músculos y órganos que prácticamente no diferían de los suyos.

Encontró diagramas de los órganos de reproducción. Un óvulo a punto de ser fecundado y la forma en que empieza a dividirse, el desarrollo fetal, el nacimiento…

Y a continuación, primeros planos de seres humanos.

Diagramas indicando la estructura de la Tierra. La deriva continental. Otras imágenes.

Costas oceánicas. Un río rodeado de bosques y con un fondo de montañas. Un desierto. Un valle muy erosionado.

Y árboles y hojas. Un insecto. Un diagrama simple mostrando la evolución, su evolución.

Una concha marina. Mamíferos acuáticos. Un hombre buceando… Imágenes de un mundo, su mundo, obtenidas por una raza, su raza, centenares de milenios atrás.

Luego vendrían diversas actividades humanas: muestras de arquitectura, templos, ciudades, humanos. Vehículos, edificios, radiotelescopios, libros. Un hombre flotando en torno a su mundo. Una primitiva nave espacial elevándose verticalmente de la superficie.

Un atardecer.

Cuatro personas sosteniendo instrumentos con un fin evidentemente musical daban paso a la última imagen: uno de esos instrumentos, el más pequeño, se hallaba sobre una hoja de algún material en la que se destacaba una sucesión ordenada de símbolos, líneas y círculos que hablaban el idioma de la emoción humana.

En su estupor tardaría mucho en darse cuenta de que las últimas señales de esa cara del disco no eran imágenes, sino música: la Cavatina del Cuarteto para Cuerdas Nº 13 de Beethoven, que volvería completa al final de la otra cara del disco. Allí no habría ya imágenes, sino sonidos, saludos en idiomas olvidados y música que no debería olvidarse. Los murmullos de un mundo que se hallaba a doscientos mil años en el pasado: una nimiedad, en la escala en que se maneja el cosmos.

Los símbolos que él había traducido habían sido creados por sus propios antepasados, los que hablaban en términos de su época con signos que hacía milenios habían sido abandonados.

Cuando logró recuperarse se lanzó con frenesí sobre los libros de historia almacenados en la memoria de la nave.

«…Misiones Voyager al sistema solar exterior. Dos naves de exploración que realizaron importantes aportes al conocimiento de su era […] Cada nave transportaba un disco de oro en el que se resumían las imágenes y la música de la Tierra y su humanidad al comienzo de la civilización técnica…»


Notas con spoilers

Clic para saber más

Para saber más sobre las Voyager, puedes consultar este artículo del blog de Daniel Marín

La historia de las Voyager, los mensajeros interestelares de la humanidad

o este otro

Una visita al reino de las lunas oscuras del séptimo planeta (30 años del sobrevuelo de Urano por la Voyager 2)

o simplemente usa el buscador del blog Eureka.

Y si quieres un ejemplo de la relevancia que las Voyager siguen teniendo hoy en día, más de cuatro décadas después de su lanzamiento, te dejo con este artículo de Francisco Villatoro

Voyager-1 y AMS-02 excluyen los agujeros negros sublunares como materia oscura

Vamos, que han sido fenomenales.

En su momento, para escribir este cuento el libro «Murmullos de la Tierra, el mensaje interestelar del Voyager» fue sumamente útil 😉