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Breve teatralización de una conversación no muy casual

Se levanta el telón. Dos personas cruzan la escena caminando de izquierda a derecha. El primero, [A], lleva las manos en los bolsillos y una expresión algo incrédula. El segundo, [B], sostiene un libro de tapa dura y buena encuadernación con el borde de las hojas doradas.

El diálogo que se presenta al espectador continúa una conversación que inició fuera de escena.

[A] (Frunciendo el ceño)

—Veamos si te entiendo bien. Yo comento que la ciencia nos habla de un universo enorme, posiblemente infinito y con millardos de años de antigüedad. Digo que la materia que nos forma fue en gran parte forjada, a partir de los protones creados al inicio del tiempo, en la explosión de las primeras estrellas gigantes. Digo que los restos de esas explosiones enriquecieron el medio interestelar con elementos pesados. Digo que este proceso se repitió y que las nubes de polvo e hidrógeno que se formaron colapsaron entonces para crear una nueva generación de estrellas y con ellas sistemas solares con planetas rocosos donde un intrincado proceso evolutivo tuvo la oportunidad de crear vida a partir de la química, llevando así adelante un ecosistema cada vez más complejo donde todas las partes interaccionan entre sí en forma exquisita… ¿y me acusas de «reduccionista» al no aceptar yo tu idea de un único creador omnipotente responsable de cada detalle del universo?, ¿de que todo existe solamente por un único acto creador de una única «voluntad divina»? Debo admitir que encuentro alguna dificultad al tratar de comprender tu idea de qué es el «reduccionismo»…

[B] (Respira profundamente y realiza un breve gesto llevando ambas manos brevemente hacia delante)

—Ok, probemos de otra manera. Olvidémonos por un momento de que eres ateo…

[A]

—Agnóstico. Niego el «diseño inteligente» en cualquiera de sus formas, incluso cuando intentan disfrazarlo de ciencia a través de una absurda «evolución guiada». Niego que el universo tenga un propósito, sobre todo cuando quieren venderme la idea absurda de que los humanos somos el centro del universo y la razón de su existencia. Niego que tenga sentido el pensar en un dios personal que atiende todas las plegarias, incluso aquellas que no están exentas de un absurdo egoísmo. Niego todas esas «hipótesis» porque ninguna de ellas logra superar la más mínima confrontación con la realidad, pero no me preocupo por la posibilidad de que exista un… digamos «ente superior»: la discusión de si existe o no un «dios» independiente de las religiones humanas simplemente no me interesa, solo me preocupa que la gente se dañe a si misma aferrándose a una esperanza sin fundamento organizada en forma de rito y que dañe a otros tratando de imponer su fe en esa esperanza y en esos ritos.

[B] (Luego de una breve pausa)

—Como sea. Olvidémonos. Trata de utilizar tu imaginación en este pequeño experimento.

[A] (Bajando la voz)

—Ok. Después de todo no es a mi a quien falta imaginación…

[B] (Ignorando el comentario)

—Perfecto, entonces. Trata de imaginar, al menos por un momento, que realmente existe Dios, que al término de tus días llegas a Su presencia y que Él te acepta en su Gloria. Piensa, imagina: ¿qué le preguntarías?

[A] (Manteniendo una expresión neutra)

—Cómo se accede al Bugzilla del universo.

[B] (Abre los ojos desmesuradamente y trata de decir algo, pero no lo logra)

[A] (Quita las manos de sus bolsillos para ayudar su discurso con gestos)

—¡Es claro que el universo está lleno de «bugs»! Y ni hablar del ser humano, de nosotros. ¡En algún lugar se tienen que poder reportar todos esos problemas!

[B] (Frunciendo el ceño)

—¿De qué…?

[A]

—El nervio laríngeo recurrente, por ejemplo. Va del cerebro, baja hasta el tórax para pasar en torno al arco de la aorta y vuelve a subir hasta la garganta: ¿a quién se le ocurre introducir una desviación tan absurda? Ya en el ser humano resulta ridículo, ¡ni hablar de los metros de más que recorre en la jirafa!

[B] (Breve gesto incierto, tratando de encontrar qué decir)

—Pero…

[A] (Señalándose la garganta)

—¿A quién se le puede ocurrir que la primer parte del tracto digestivo debe coincidir con la primer parte del aparato respiratorio? ¡Los niños que habrán tenido problemas, o incluso habrán muerto por asfixia al tratar de tragar algo demasiado grande!

[B] (Con gesto de alarma)

—Bueno…

[A] (Señalando hacia… abajo)

—Y eso sin entrar en el viejo chiste de «a quién se le ocurre poner un desagüe tóxico en medio de un área recreativa»…

[B] (Tos nerviosa)

[A] (Señalándose los ojos)

—El sistema de reconocimiento visual de los humanos, por ejemplo, debería tener varios reportes en su contra. Entiendo que la pareidolia surja como un comportamiento adaptativo válido, ¿pero adorar una tostada porque presenta una «aparición mariana»? ¡Eso ya me parece un «release stopper»!

[B] (Con un gesto, y un tono, de desaprobación)

—Eres imposible…

[A] (Con un amplio gesto en el que levanta la cabeza y alza ambas manos, blandiendo los índices)

—¡Ah! Tratar de huir de los temas que ponen en entredicho las propias creencias personales acusando a los demás de no ser capaces de discutir civilizadamente, ¡cuando son ellos mismos los que no saben discutir! Para ese reporte será fácil conseguir muchísimos ejemplos…

(Piensa por un momento, luego inclina ligeramente su cabeza y mientras se acerca brevemente a su interlocutor comienza a hablar con un gesto que pretende mostrar seriedad al tiempo que está cargado de ironía)

—Los meta-bugs que reúnen los sesgos cognitivos por un lado y el abuso de falacias por el otro deben ser monstruosos…

(Gira y comienza a alejarse, nuevamente con las manos en los bolsillos).

[B] (Quedándose atrás y hablando en voz baja, como para sí mismo, mientras su interlocutor sigue caminando)

—¿Por qué será tan difícil que los ateos comprendan?

[A] (Saliendo de la escena)

—¡AGNÓSTICO! ¡El módulo de comprensión de lenguaje también debe tener varios reportes en su contra!

[B] Queda en una posición rígida, mandíbula y puños firmemente cerrados. Cae el telón.


NOTAS

Lo de la tostada parece broma, pero desgraciadamente no lo es:

BBC News: Woman ‘blessed by the holy toast’

Magonia: Cuando el cerebro nos engaña

Magonia: La vendedora de la Virgen del Sándwich se tatúa la imagen del emparedado en el pecho

Pareidolia en la wikipedia

El diálogo refleja, en forma caricaturesca, varias charlas (muchas de ellas inútiles) que he tenido en mi vida. Los ejemplos que doy vienen de varias fuentes:

Los problemas asociados con respirar, hablar y comer por el mismo conducto se grabaron a fuego en mi memoria cuando, siendo niño, vi cómo el hermanito (unos tres años) de un compañero de escuela casi muere asfixiado por un caramelo «media hora» (una esfera sólida del tamaño de una canica mediana). Afortunadamente un adulto cercano supo qué hacer y lo salvó… por poco.

El chascarrillo de los ingenieros hablando sobre el diseño del cuerpo y de que solo un ingeniero civil podría poner un desagüe tóxico en medio de un área recreativa es bastante viejo 😉

Lo del nervio laríngeo recurrente lo aprendí hace poco en este vídeo

It’s Okay To Be Smart: Evolution Is Dumb – 12 Days of Evolution #6

(la serie completa es sumamente recomendable, puede verse desde aquí: «The 12 Days of Evolution»)

Más información en la wikipedia en inglés (la versión en castellano del artículo es incomprensible):

Recurrent laryngeal nerve

Existen muchos lugares donde aprender qué son los sesgos cognitivos (por ejemplo, el RationalWiki) por lo que dejo al lector el ejercicio de buscarlos. Lo mismo con las «falacias» y cuál es el problema con ellas, pero hace poco descubrí (como siempre, por casualidad) una página tan útil como divertida donde estas se muestran en forma gráfica: Falacias explicadas gráficamente.

Y por supuesto, el protagonista de la charla: Bugzilla 😉


BONUS TRACK: Does the Universe Have a Purpose? feat. Neil deGrasse Tyson (tiene subtítulos en castellano)

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El gran problema de la confianza

El método científico funciona y todo lo que el lector tiene a su alrededor (comenzando por la computadora desde la cual está leyendo estas líneas) lo demuestra. Sin embargo, es normal oír cómo algunos filósofos de bar disparan en modo displicente frases hechas sobre la ciencia como «culpable» de esto o aquello. En general, no es difícil darse cuenta de que en las raras ocasiones en las que esas culpas podrían ser reales, estas recaerían no en la herramienta llamada «método científico» sino en el uso que algunas personas (políticos, militares, la industria) hacen de esa herramienta. Acusar a la ciencia de algo sería como acusar a los cuchillos de cocina porque luego de ver Psicosis nos hemos dado cuenta de que estos podrían ser utilizados para lastimar a las personas: la herramienta nunca puede ser culpable, el usuario de esa herramienta sí.

Como hemos dicho el método científico funciona a la perfección, el problema, claro está, es que un individuo no puede aplicarlo a absolutamente todo. Es humanamente imposible dedicarse a estudiar profundamente cada rama del conocimiento para poder así aplicar el método científico a cada aspecto de nuestras vidas: en algún momento tenemos que confiar en un médico, por ejemplo, o en alguna institución, y aceptar lo que nos dicen y nos piden. En principio no hay nada de malo en esta «confianza necesaria» ya que es claro que no puedo hacer un postgrado en oftalmología solo porque tengo la vista cansada: voy al oculista, este me receta unos lentes y confío en que lo que me está dando es bueno para mí.

El problema está en los criterios que utilizamos para dar esa confianza a alguien más. ¿En quién confiará más el lector, en un oftalmólogo diplomado con varios cursos de postgrado documentados o en la abuela que le aconseja rezar a Santa Lucía todas las noches?

Por evidente que resulte la respuesta a la pregunta del párrafo anterior, la triste realidad es que la mayor parte de la gente regala su confianza con gran despliegue de arbitrariedad y sin preocuparse por los más mínimos criterios de evaluación, lo que invariablemente termina dando un gran poder a personas que no necesariamente están capacitadas para ejercerlo.

Y así resulta fácil encontrar «razonamientos» del tipo «si A es malo y B se opone a A, B debe ser bueno», lo cual lleva a muchas personas a creer en los ecologistas porque supuestamente se oponen a las industrias contaminantes, a creer en las pseudomedicinas porque se oponen a los grandes laboratorios, etcétera. Este tipo de razonamiento no tiene ni pies ni cabeza y es muy simple encontrar ejemplos históricos que demuestren cuán equivocados pueden ser. Por dar un ejemplo extremo, ¿alguien se anima a utilizar el «razonamiento» que inicia este párrafo con el dueto Hitler / Stalin…?

Y eso que estoy dejando pasar la pregunta obvia de si eso que nos dicen que es malo, es realmente malo o no… Ya saben, mucha gente se siente atraída por las teorías conspiratorias más disparatadas.

El enemigo de mi enemigo no necesariamente es mi amigo. Greenpeace, por ejemplo, dice oponerse a los «malos», pero, ¿podemos confiar en esta organización? En mi juventud hace ya varias décadas hubiera dicho que sí, ahora que soy más viejo…

Y es que ver el absurdo acto de vandalismo perpetrado por Greenpeace en las líneas de Nazca,1 o descubrir que buena parte del dinero que financia el grupo viene de la familia Rockefeller (lo cual resulta particularmente llamativo cuando nos damos cuenta de que Greenpeace suele atacar a las petroleras europeas, pero no a las americanas…), ciertamente no ayuda a confiar en ellos.

Como tampoco inspira confianza el ver cómo los partidos «verdes» de Francia atacan los OGM, pero nada dicen de las centrales nucleares que tienen en cada rincón de su país, llegando a presionar para quitar de su cargo a alguien que, por una vez, está realizando su trabajo.

Y qué podemos decir al ver a los defensores de la homeopatía aferrándose a frases fuera de contexto o estudios que, en el mejor de los casos, dicen que nada puede decirse al respecto (enlace uno y enlace dos, por dar solo un par de ejemplos).

O…

Bienvenido, lector, a esta sociedad moderna (aunque siempre fue así) en donde la regla general debería ser «atención a quién damos nuestra confianza». Muy pocos la practican, pero la sana costumbre de «confiar científicamente y nunca ciegamente» resulta cada vez más importante, especialmente considerando que la todopoderosa Internet ofrece muchísimas herramientas para hacer pasar por buenas las estupideces más grandes que la mente humana es capaz de concebir, promocionando al mismo tiempo a los charlatanes y estafadores más descarados.


 1 Ellos dicen que no han causado daños a las líneas de Nazca, pero eso nada cambia: entrar sin autorización en un sitio de acceso restringido cuya conservación es sumamente difícil y delicada sería un acto de vandalismo aún si hubieran utilizado (que no lo hicieron) zapatos especiales para no dejar marcas en el frágil suelo.

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La fuerza de la costumbre

El cantón del Tesino (Canton Ticino) en el sur de Suiza comparte varias cosas con Italia además del idioma: de fuerte tradición católica, el número de iglesias que es posible encontrar en su territorio es realmente importante.

Pero a pesar de su fuerte tradición religiosa (o quizás gracias a ella, que en otros cantones son protestantes) se da en el estado suizo un interesante, si bien no completo, laicismo. De hecho, desde hace ya mucho tiempo en las escuelas públicas de Suiza el curso de religión es optativo, con las escuelas profesionales que ni siquiera lo ofrecen.

¿Que a santo de qué viene esto? (con el perdón de la expresión…). Pues hoy, 18 de setiembre de 2014, en el diario 20 minutos de la región se veía este titular en la parte alta de la primer página:

20min

«Religión en fin de vida entre los estudiantes secundarios del Ticino».

El artículo comenta cómo se ha reducido en los últimos años el número de inscritos a los cursos de religión entre los estudiantes secundarios. De hecho, al parecer menos del 6% de la población escolar se inscribe en estos cursos.

El artículo habla de «secularización (sic) global», de «marginación de los cursos» que, aparentemente, suelen darse en la hora del almuerzo… Pero la realidad es posiblemente más simple que la suma de estas excusas: siendo la religión una cuestión mayormente cultural (poca gente profesa una religión distinta de la que le heredaron sus padres), lo más razonable es pensar que el interés en la religión de la población, alumnos y padres por igual, está disminuyendo.

Por algo la «secularización» (sic, de nuevo) avanza y los cursos son movidos a horarios poco apetecibles.

En fin, que la única realidad indiscutible es que cada vez menos alumnos se inscriben para tomar cursos sobre la religión católica: Que cada uno decida si esto es una buena o una mala noticia.

¿Será que, ante la falta de una obligación, incluso las costumbres más arraigadas y ancestrales pierden su fuerza?

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Sobre la evolución

Leyendo un interesante artículo sobre el origen de la creencia en monstruos y la evolución de esa creencia, me encontré con este significativo párrafo

A estos libros le siguieron otros de enorme influencia en el siglo XVII como los del jesuita Atanasio Kircher. En Arca Noë (1675), aparte de describir cómo se pudo organizar internamente el arca y su logística para transportar todas las especies conocidas en su época, argumentaba que tras el diluvio pudieron surgir otras especies al transformarse las especies que viajaron en el arca al llegar a nuevos ambientes (los renos serían adaptaciones de los ciervos al frío del norte), y que otras podrían ser híbridos entre las existentes (los armadillos derivarían de las tortugas y los puercoespines).

(El resaltado es mío)

Kircher no ha sido el único religioso en no tener problemas con la palabra «evolución». De hecho, uno de los «padres» de la teoría del Big Bang fue el sacerdote Georges Lemaître. Y es que, en principio, esta palabra solo quiere decir «cambio»: hablamos cotidianamente de la «evolución de los acontecimientos», por ejemplo, o de la «evolución de una enfermedad».

Según la RAE,

evolución.

(Del lat. evolutĭo, -ōnis).

1. f. Acción y efecto de evolucionar.

2. f. Desarrollo de las cosas o de los organismos, por medio del cual pasan gradualmente de un estado a otro.

3. f. evolución biológica.

4. f. Movimiento de una persona, animal o cosa que se desplaza describiendo líneas curvas. U. m. en pl.

5. f. Movimiento que hacen las tropas o los buques, pasando de unas formaciones a otras para atacar al enemigo o defenderse de él.

6. f. Mudanza de conducta, de propósito o de actitud.

7. f. Desarrollo o transformación de las ideas o de las teorías.

8. f. Cambio de forma.

9. f. Fil. Doctrina que explica todos los fenómenos, cósmicos, físicos y mentales, por transformaciones sucesivas de una sola realidad primera, sometida a perpetuo movimiento intrínseco, en cuya virtud pasa de lo simple y homogéneo a lo compuesto y heterogéneo.

~ biológica.

1. f. Proceso continuo de transformación de las especies a través de cambios producidos en sucesivas generaciones.

 

Surge por lo tanto la pregunta del por qué tanto religioso toma como ofensiva la sola mención de la palabra «evolución».

Si bien Kircher estaba dispuesto a aceptar que las especies animales podían cambiar y adaptarse al medio ambiente, debemos notar que él hace esta observación tomando como verdad indiscutida la historia bíblica del arca de Noé. Vamos, que considera animales y humanos como dos cosas completamente distintas.

En modo similar Lemaître usa la idea de que el universo tiene un origen para colocar allí a su dios: según sus propias palabras «Yo me interesaba por la verdad desde el punto de vista de la salvación y desde el punto de vista de la certeza científica. Me parecía que los dos caminos conducen a la verdad, y decidí seguir ambos».

En general, y esto hasta es comprensible, los religiosos que aceptan ciertos hechos científicos lo hacen para dar fuerza a sus doctrinas: especies que cambiaban y se adaptaban le permitían a Kircher disminuir la población del arca y aún así explicar la diversidad biológica actual mientras que un universo en expansión implicaba para Lemaître un origen que pudiera permitir un acto de creación.

El problema, claro está, surge cuando esas doctrinas son claramente irreconciliables con lo que la ciencia muestra.

La evolución no es una teoría, sino un hecho experimental verificado repetidas veces. Por ejemplo, cuando la perca fue introducida en el Lago Victoria causó un desastre ecológico con la desaparición de varias especies de peces del orden de los cíclidos que eran exclusivas de ese lago. Pero el punto importante en esta discusión es que solo unas décadas después se han encontrado dos nuevas especies de cíclidos y que algunas de las preexistentes se habían ya recuperado y mostraban diferencias morfológicas con las variedades anteriores, siendo ahora más ágiles y rápidas para poder así escapar de un nuevo depredador: la perca del Nilo.

Es decir, en solo treinta años luego de la introducción de la perca los cíclidos del lago Victoria habían evolucionado.

¿Y puede alguien dudar de que la aparición de nuevas bacterias resistentes a los antibióticos no es más que un ejemplo de evolución en el sentido de cambio? ¿O que la cría selectiva de animales puede dar lugar a nuevas razas de perros, gatos y ganado que evolucionan desde las originales?

¿Quizás quienes creen en la literalidad de la biblia confunden el hecho de la existencia de un proceso evolutivo con la teoría que explica este hecho, la conocida selección natural, teoría que se opone a la idea de «diseño inteligente» que caracteriza a los creacionistas?

No creo que sea esa la única razón. En mi opinión, el «problema» principal no es que se den cambios o que el universo tenga miles de millones de años de antigüedad: ya hemos visto a religiosos dispuestos a aceptar estas cosas. El problema es que la combinación de un proceso evolutivo con un universo antiguo implica que el ser humano no es más que otra especie animal que también evoluciona, que está sometida al cambio. Y esto, claro está, destruye uno de los pilares principales de toda religión organizada: la creencia de que el universo existe solo para que el ser humano lo habite, un ser humano creado «a imagen y semejanza» de la divinidad.

Es decir, el problema no está en considerar la posibilidad de que los animales o el ambiente cambien, sino en aceptar el cambio de los seres humanos y el hecho de que este cambio implica que los humanos no somos más que simples animales que abitan un simple planeta en torno a una simple estrella que gira en una galaxia como tantas. Es decir, el problema está en digerir la idea de que no hay nada especial en nosotros. La ciencia nos obliga a ser humildes, y eso no parece llevarse bien con la orgullosa condición humana.

Ciertamente existen religiosos que juegan con la idea de «evolución guiada», tratando así de reconciliar ideas que parecen (y son) irreconciliables, pero esto no es más que una versión edulcorada de la idea de diseño inteligente y de hecho agrega sus propios problemas: ¿cómo hacer encajar el concepto de alma inmortal en un proceso evolutivo?

El hombre creó a dios a su imagen y semejanza para poder así creer que era alguien especial, que existía por una razón bien específica a la vez que misteriosa y que ese universo por él desconocido y amenazante estaba en realidad a su servicio, aún cuando no lo pareciera.

No es difícil encontrar religiosos que acusan a la ciencia de «soberbia», ¿pero existe acaso mayor acto de soberbia que insistir que todo el universo existe solo para que nosotros lo habitemos?

Ya había compartido este vídeo en una entrada anterior, pero en algunos temas nunca está de más el insistir:

Neil deGrasse Tyson – ¿Tiene el universo un propósito?

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El ignorante voluntario: el inventor del agua caliente

Lo que contaré aquí sucedió hace unos cuatro años y cierra el ciclo de los artículos El ignorante voluntario y El ignorante voluntario: una cuestión de «presión».

Un amigo mío, químico de profesión, recibió un día un llamado de un antiguo compañero de escuela que le hablaba de un fantástico (nunca mejor aplicado el término) sistema para calentar agua: siendo científico algo tendría para decir sobre el magnífico invento, le dijo. Este amigo me llamó entonces, ya que lo que vio le dejó con más dudas que certezas y necesitaba de un físico para poder enfrentar el tema.

Usaré aquí nombres ficticios. Mi amigo por supuesto no tiene nada de qué avergonzarse (tan solo es un poco tímido), pero los otros dos personajes sí deberían avergonzarse… si bien no creo que lo hagan. Mi amigo será, como es, «mi Amigo», al excompañero de mi Amigo, un ingeniero civil, lo llamaremos Tizio (el equivalente italiano de Fulano) mientras que al «inventor» del dispositivo, cuyo nombre real recuerda una figura geométrica, lo llamaremos Pirámide. Le cuadra muy bien el nombre.

Premisa: calentar agua es difícil

No solemos reparar en ello, pero desde el punto de vista energético calentar agua no es tarea sencilla. Cierto, es suficiente encender el fuego de la cocina o el microondas y en unos minutos estará lista, pero eso no quita (sin entrar en consideraciones sobre la eficiencia de ambos procesos) que la energía que se consume para llevar un solo litro de agua casi al punto de ebullición sea la misma con la que podría levantarse un automóvil de mil kilogramos a una altura de más de treinta metros

Es entonces evidente que un sistema eficiente para calentar agua es algo importante, y que conseguir el sistema para calentar agua con gran eficiencia podría tener un enorme impacto económico.

Buscando energía donde no la hay

Pues bien, mi amigo químico fue presentado por Tizio al tal Pirámide, y juntos vieron el «dispositivo». Este consistía, me cuentan, en una especie de radiador y una «cavidad» conectada a una bomba. Al parecer, conectando todo a los típicos 220V el agua dentro del sistema comenzaba lentamente a calentarse.

Nunca vi nada de esto en persona, ni siquiera al tal Pirámide.

Un día me reuní con mi Amigo y Tizio en la oficina de este último y allí hablamos por teléfono con Pirámide. La reunión fue más bien grotesca: con el apoyo de Tizio, Pirámide comenzó a hablar no tanto de su invención sino de temas… extraños que según él eran afines. Nos invitó a ver en youtube (sí, youtube) algunos vídeos donde se «mostraba» cómo se podía hacer hervir agua instantáneamente con variados dispositivos. Digamos, que empezaba a verse que el señor Pirámide era uno de estos esotéricos buscadores del movimiento perpetuo.

La mayor parte de los «argumentos» que expuso no merecen mayor consideración: tan fáciles eran de refutar. Como ejemplo, baste mencionar el vídeo de un vejete que mostraba orgulloso su «dispositivo sónico» (sic) con el cual, él decía, lograba «hacer hervir» una cantidad importante de agua en forma casi instantánea: dado que todo sucedía en un largo y liso vaso de vidrio lleno de agua que el hombre sostenía con la mano desnuda, es fácil darse cuenta que las grandes burbujas no eran justamente de vapor de agua y que el agua no estaba en ebullición… a menos, claro está, que se crea que el vejete tenía dedos de asbesto y que por eso no se quemaba.

Sí, ese es el «nivel» del que estamos hablando.

Pero uno de los vídeos me tomó por sorpresa y no pude «tirarlo abajo» tan rápidamente. El vídeo en cuestión mostraba una persona con un «tazón cantador tibetano» (o simplemente «bol tibetano») de pequeño tamaño el cual contenía una pequeña cantidad de agua. Esta persona frotaba el borde del bol continuamente con un bastón cubierto de cuero, lo cual generaba una vibración de un tono intenso y claro. La sorpresa estaba en que luego de unos minutos el agua en el interior del bol parecía que comenzaba a hervir.

Y bien digo parecía… Me llevó un par de días (mucho tiempo no le dediqué, como imaginarán) el encontrar una hipótesis del porqué de este fenómeno y en ese tiempo Tizio, que se ve que dinero no le faltaba, había ya adquirido uno de estos boles tibetanos y por correo electrónico nos confirmaba que el efecto mostrado en el vídeo era claramente reproducible.

Pero como ya dije, a ese punto tenía a disposición una buena hipótesis de lo qué allí sucedía: el bol era una cavidad resonante que hacía que la superficie del agua comenzara a vibrar rápidamente lanzando gotas muy pequeñas que creaban una «niebla» sobre su superficie, niebla que simularía el vapor que en ocasiones se produce durante una ebullición. A esto se le podría incluso agregar un proceso de cavitación que generaría pequeñas burbujas en el líquido y la escena estaba ya montada.

Es importante notar que el proceso de cavitación puede utilizarse para calentar agua y de hecho existen sistemas comerciales que lo utilizan eficientemente (aunque nunca con una eficiencia mayor al 100% como los sitios de los amantes del movimiento perpetuo dicen). El problema aquí es que la energía dada por la fricción del bastón claramente no era suficiente para hacer hervir el agua, especialmente si consideramos que buena parte de esa energía se iba en forma de sonido.

Expliqué entonces por correo mis razones para pensar que era altamente probable que el agua no estuviera hirviendo de verdad y que la forma más simple de comprobarlo sería colocar un termómetro… por algún motivo, el señor Tizio al parecer nunca realizó la prueba.

Unos meses después, con la aventura ya casi olvidada, encontré este artículo:

Tibetan singing bowls give up their chaotic secrets

No estuve tan lejos…

El aparato

El señor Pirámide insistía en que su aparato era magnífico, y yo insistía en que la única forma de demostrarlo era medir la energía consumida por el mismo y compararla con la energía tomada por el agua, y que para eso se necesitaban más datos que él no estaba proporcionando. En un momento incluso habló este buen señor de acoplar su invento a un generador de electricidad… sí, el hombre estaba convencido de que su sistema daba más energía de la que él ponía para hacerlo funcionar.

Movimiento perpetuo

Con cierta reticencia y luego de algunos cruces de palabras consintió el señor Pirámide en pasar por correo electrónico algunos «datos» como la potencia de la bomba, la cantidad de agua dentro del sistema, el tiempo que tardaba esta en calentarse y la temperatura final de la misma. Sus datos eran muy vagos, por no decir muy malos, y no había indicación sobre cómo habían sido medidos. Digamos, que no servían para nada. Pero aún así y tomando con generosidad los valores más optimistas ni por asomo se violaba la conservación de la energía: de hecho, lo más probable es que se tratase de un pésimo sistema que desperdiciaba buena parte de lo que recibía.

Final de juego

El señor Pirámide pareció no darle importancia a lo que le decíamos y se mostró seguro de poder mejorar el rendimiento: según él solo necesitaba un nuevo prototipo. La discusión, con abundancia de «documentos» obtenidos en Internet, se disparó entonces por rincones cada vez más grotescos cuya descripción ahorraré al lector (ni ganas tengo de repasarlos). Como ejemplo baste decir que, en medio de teorías conspiratorias, acusaciones de «ser cerrados» dirigidas a los investigadores y demás bellezas, el señor Pirámide llegó a preguntarme dónde se podía adquirir «agua pesada» para ver si de ese modo el sistema funcionaba mejor…

En fin, que luego de decirle yo un par de cosas de entre todas las que se merecía el hombre bajó los decibelios y prometió terminar el nuevo «prototipo» antes de volver a contactarse… cosa que, afortunadamente, nunca hizo.

Coda

Varios meses después de esto, mi Amigo el químico recibe una llamada de Tizio, quien con la excusa de preguntarle cómo va todo le dice que, casualmente, se encontraba en esos momentos con el señor Pirámide. «Te lo paso» le dijo, sin darle tiempo a reaccionar, y mi Amigo se vio obligado a intercambiar unas palabras con este particular «inventor».

Ni mención hizo el señor Pirámide de su sistema para calentar agua: claramente estaba ya en otra cosa. De hecho, comentó, estaba tomando unas sales de plata y decía que se sentía muy bien…

Al parecer Pirámide no había oído hablar de la argiria, intoxicación por plata que termina volviendo azul la piel (y los ojos, y otros órganos) de sus víctimas, entre otros problemas. O tal vez sí oyó y creyó que era otro complot de los investigadores… cómo saberlo.

Lo que más me molestó de esta aventura con un ignorante voluntario como el señor Pirámide no fue el señor Pirámide en sí, ni su soberbia, ni sus acusaciones hacia los demás de algo que él hacía: no escuchar y no aceptar las evidencias. Después de todo, ese es el comportamiento típico de los ignorantes voluntarios, por desagradable que pueda parecernos no hay nada nuevo allí. Lo que realmente me resultó molesto fue su improbable defensor: el ingeniero Tizio tiene una formación universitaria que debería mantenerlo alerta ante estas estupideces, ¿qué buscaba entonces con todo esto? Debo decir que ninguna de las posibilidades que se me ocurren hablan bien de él…

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Los dioses digitales 3: Las comunidades son dioses celosos

Tercer parte de la serie «Los dioses digitales»

Primera parte: Guerras santas entre licencias

Segunda parte: Los dioses de plástico y silicio


 

En la entrada anterior comenté la veneración por los ídolos de metal, arena y plástico, pero si el lector quiere realmente saber hasta dónde puede llegar el fanatismo de los seguidores de la manzana de Cupertino solo tiene que preguntar a uno de ellos cómo se desactiva el menú global, diciendo que prefiere tener los menús de cada aplicación en las ventanas a las que estos pertenecen… Eso sí, prepárese para ser tratado, como mínimo, de ignorante.

Este tipo de reacciones exageradas (por no decir injustificadas) ciertamente no se limita a los usuarios mac. Es suficiente darse una vuelta por los foros de Phoronix, por ejemplo, para ver las luchas de insultos entres los miembros de la secta pro Ubuntu/Canonical y los miembros de la secta anti Ubuntu/anti Canonical. O las guerras de insultos entre los que están a favor y los que están en contra del trabajo de Lennart Poettering (systemD, PulseAudio). O las guerras a favor o en contra de Qt o GTK. O…

Pero Phoronix es solo un punto en el ciberespacio: también tenemos las guerras KDE/gnome, las guerras Apache OpenOffice/LibreOffice, vim/emacs…, infinitas guerras santas que se libran constantemente, unas pocas casi como en broma, muchas, quizás la mayoría, con el ceño fruncido y una expresión de «¡están atacando mis creencias!».

Y es que las «comunidades» pueden convertirse en dioses celosos que quieren sentirse superiores a la «competencia».

La formación de clanes y tribus es una actividad que está escrita en nuestros genes, no se puede evitar: creamos círculos de amigos, de socios, de compañeros, de facebook, de G+, grupos con los que decidimos saludarnos en el tren y grupos que preferimos ignorar. Es normal. El problema no está en la creación de la tribu en sí, el problema está en dejar de lado la identidad individual para darle mayor importancia a la identidad colectiva.

Cuando alguien me cuenta del porqué usa la distribución X en lugar de la Y, no siempre tengo la suerte de encontrarme con una lista de cuestiones técnicas o al menos con una simple y sincera declaración de costumbre («fue mi primer distro y sé cómo funciona»): muchas veces me han golpeado frases que contienen las palabras «comunidad» y «principios». Y es en esos momentos en los que me doy cuenta de que la conversación carece ya de todo sentido.

Recuerdo hace ya varios años, en el bar del departamento de informática de una universidad, haber visto una persona que, hablando con otra, levantó los brazos y sacudió la cabeza diciendo «no me vengas con eso, ¡yo SOLO utilizo Linux!».

Hasta pude oír las mayúsculas…

Yo también utilizo solamente Linux, pero eso no quita que piense que la persona que realizó semejante afirmación en forma tan absurdamente categórica, con todo y bien pronunciadas mayúsculas que no dejaban lugar a considerar alternativas, fuera un perfecto idiota.

Cuando se pierde el sentido de identidad en favor del de pertenencia, cuando molesta más el insulto a la comunidad que al individuo, el concepto de tribu degenera hasta niveles peligrosos.

Conclusión final

Realmente no veo mucha diferencia entre el idiota que dice que la GPL es inmoral y el otro idiota que sostiene la literalidad de su particular «texto sagrado», descartando hechos más que comprobados como la evolución y la antigüedad del universo con la frase «es solo una teoría»: el fanatismo, sea este religioso, negacionista (cambio climático,[1] vacunación…), la idolatría hacia determinado software, hardware o equipo de fútbol es siempre una pérdida voluntaria de la capacidad de analizar la realidad objetivamente.

Ciertamente algunos tipos de fanatismo son más peligrosos que otros y por supuesto nadie ha muerto aún por un insulto de un fanático de una licencia, comunidad de software o hardware particular (sí ha sucedido en estadios de fútbol, que no solo las religiones y la política causan estos problemas), pero no por eso los seguidores de los dioses digitales se vuelven «menos malos»: aunque no cometan crímenes no dejan de ser absurdamente fanáticos.

El ser humano tiene una fuerte tendencia hacia la irracionalidad que lo aleja del pomposo y autoimpuesto título de homo sapiens, al punto de que personas que en otros ámbitos parecen ser pensantes dejan de lado frente a ciertos temas todo rastro de razonamiento lógico.

Me gustaría pensar que este tipo de (mal) comportamiento se debe mayormente a una deficiencia en el sistema educativo, que en un futuro cuando la sociedad esté bien ajustada sabremos enseñar a cada niño el pensamiento crítico y la capacidad de ser objetivos, que esos niños sabrán que «grupo de amigos» no es sinónimo de «pandilla juvenil», que los adultos que crezcan a partir de esos niños sabrán que «comunidad» no es sinónimo de «secta».

Pero claro, no puedo simplemente aceptar esta esperanzadora idea: hacerlo sería un acto de fe, una creencia arbitraria en algo para lo cual no existen evidencias. Y eso sería irracional.


Bonus track:

Las Creencias y el Autoengaño – Michael Shermer

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8 comentarios

Menos mal que el agua no tiene memoria…

Al ver la imagen que abre este artículo de «La ciencia y sus demonios», recordé un magnífico artículo de Randall Munroe: Soda Planet.

En el final del artículo de «what-if» se comenta que prácticamente toda el agua de la Tierra fue al menos una vez bebida por un dinosaurio. Y todos sabemos que buena parte de lo bebido termina como orina por lo que… ya entendieron XD

Imagen extraída del artículo original de «La ciencia y sus demonios»

Menos mal que el agua no tiene memoria 😉

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