Estrenando portatil linuxero: TUXEDO-Book-BC1507

Pues aquí estoy, escribiendo desde mi nuevo TUXEDO-Book-BC1507. En el artículo de hoy cuento mis impresiones luego de unos días de uso, cómo fue el proceso de compra, qué está bien e incluso alguna que otra crítica, que tampoco hay que insultar a los dioses con la perfección humana.

TUXEDO Computers es una compañía alemana que construye «a medida» portátiles linuxeros. De hecho, si quieres el windoze ese te lo tienes que pagar aparte. Si te la apañas con el teclado inglés o el alemán, ¡hasta puedes pedir tu portátil con un pingüino en la tecla META!

Pero yo quería teclado en castellano por lo que… en fin, la ventanita. Ya lo dije, no hay que insultar a los dioses.

La compra ha sido sumamente placentera. A diferencia de otras compañías que ofrecen portátiles linuxeros, TUXEDO te da todas las posibilidades a la hora de pagar: no solo tarjeta de crédito, sino también paypal, transferencia bancaria, lo que se te ocurra. De hecho, yo pagué con una transferencia SEPA. Pones la orden en la página, te envían las coordenadas bancarias y desde que se registra el pago en cinco días hábiles ya te están tocando el timbre con exactamente lo que has pedido: ¡arman cada portátil en el momento!

Eso sí, el correo de confirmación de que ya estaba todo en marcha vino en alemán… un traspié, imagino.

Las líneas «imponen respeto» y la construcción se ve sólida. A pesar de no tener un chasis en aluminio se mantiene fresca, el ventilador casi no se siente y la salida de aire está ingeniosamente colocada hacia atrás en lugar de hacia un lado (o incluso hacia abajo) como en la mayoría de las portátiles. La batería rinde muy bien: estoy escribiendo esta entrada sin cargar, con el wifi y todo apunta a más de 4 horas de autonomía. Es importante notar que la bios tiene una opción llamada FlexiCharger que permite decir que el sistema deje de cargar cuando llega a un cierto porcentaje (por ejemplo, 90 %), por lo que en principio no es necesario quitar la batería cuando se trabaja mucho tiempo en una posición fija y con cargador, solo hay que habilitar esta opción. Además de venir con exactamente lo que el cliente pide, todos los componentes están a solo un destornillador de distancia: nada de memorias soldadas o cosas así, todo es accesible, todo puede repararse o sustituirse, ¡hasta viene con tornillos de repuesto!

El teclado es cómodo y «silencioso»: no hay traqueteo e incluso las teclas del touchpad (¡las tiene!) casi no hacen ruido.Además es retroiluminado con led y la iluminación se puede regular fácilmente. Si quisiera hacer una pequeña crítica aquí, podría decir que un poco de esta iluminación «se escapa» por los bordes de las teclas, no va solo a través de los símbolos en ellas, pero es algo realmente menor y si se usa una iluminación baja no molesta.

¿Única pega? dicen de darte un sistema preinstalado a tu elección, pero en realidad cargan un «net-install». Eso para mí ha sido un pequeño inconveniente: por una parte el net install que colocaron no era del Leap 15.1 final, sino del beta, y por otro se dio una pequeña catástrofe regional donde el internet de esta zona se cayó para todos justo el día en el que llegó el paquete, por lo que no había red con la cual terminar la instalación…

Pero ningún problema: había encargado también un lector/escritor de DVD externo (el modelo no tiene uno interno) por lo que con él «quemé» desde la otra máquina el instalador de openSUSE Leap 15.1 en un DVD-RW, arranqué la nueva máquina desde el mismo DVD conectado al puerto usb (es un usb 3.1, para más datos) y en un ratito todo estaba instalado, listo para cuando regresó el internet.

Este modelo acepta hasta dos discos, uno SSD y el otro tradicional. Dado que ya me estaba cayendo (estrepitosamente) del presupuesto, me quedé solo con un disco tradicional de 1 T y en cambio opté por más RAM (16 gigas). El procesador en un i5 de octava generación y cuatro núcleos. Teclado español retroiluminado con led regulables, pantalla mate de 1920×1080 y 96ppp… en fin, que respecto de lo que tenía antes es un lujo. Por ahora estoy muy contento y todo funciona a la perfección.

¡Quién hubiera dicho hace 10 años que ahora tendríamos compañías como TUXEDO o Slimbook, ofreciendo productos tan bien realizados y pensados para el pingüino!


Nota: antes de que alguien lo reclame he aquí una captura de pantalla, pero todavía no estoy decidido sobre el fondo, por lo que puede cambiar

La imagen creo que la saqué hace mucho del APOD de la NASA, pero no recuerdo en qué fecha.

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Dos museos para Alexander Sokurov

Cuando en 2002 se estrenó la magnífica película de Alexander Sokurov magníficamente titulada El arca rusa tanto la crítica como el público quedaron extasiados, y con razón: el film es un alarde no solo técnico sino principalmente artístico y narrativo que te deja sin palabras.

Con una duración de 96 minutos, la película fue filmada en una sola secuencia, sin cortes, en una única, continua e impresionante toma que recorre no solo 33 estancias del Hermitage de San Petersburgo sino también tres siglos de historia rusa. Más de 2000 (sí, dos mil) actores con su vestuario y maquillaje, tres orquestas en vivo y un trabajo inimaginable de organización y creatividad hacen de este film algo realmente imperdible.

Francofonia, del 2015, también está filmado en un museo, esta vez el Louvre de París. La película, que también es magnífica, falló sin embargo en lograr la apreciación que se merecía. Quizás muchos estaban esperando una «versión francesa» del precedente film y se sintieron defraudados al ver que utilizaba técnicas de edición (más) convencionales, con cortes, cambios de escena y varias cámaras. Posiblemente fue esta infundada expectación, este sesgo, el que impidió a mucha gente el poder ver el verdadero valor del film… eso y el hecho de que, en realidad, resulta una película bastante «más difícil» que la otra.

Y es que Francofonia no podía ser más distinta de El arca rusa: el museo no es ya protagonista sino testigo, no se recorre «la Historia» sino un momento, no es sobre el desarrollo de una nación sino que habla de la improbable relación de trabajo de dos enemigos que en el fondo están preocupados por el mismo problema.

13 años no son pocos, por lo que si bien sigue gustando de escenas largas y detalladas (no te pierdas El Sol) Sokurov ya no está tan interesado en experimentar con desafíos técnicos, ahora quiere jugar con la imagen y con la narrativa. Algunas técnicas de saturación de colores y superposición de imágenes, «recorte» del plano de visión y otras «cosas extrañas» ya habían sido probadas en El Fausto (que sí te puedes perder), pero no se quedó allí: el director toma actores, vestuarios, muebles y vehículos perfectamente ambientados durante la ocupación alemana de París en la segunda guerra y los mezcla con señales de tránsito modernas en calles asfaltadas de la actualidad y con turistas que caminan por la rivera del Sena de hoy en día. No estamos viendo la reconstrucción histórica de un momento, nos encontramos frente a los fantasmas de esa historia, a la memoria de los hechos que trata de no ser olvidada, que trata de ser comprendida.

Eso sí, no todo es cambio. Y es que Sokurov ya había visitado estos museos en 1996 con el melancólico mediometraje Hubert Robert, una vida afortunada, film que, creo, te ayudará a ver esa parte de la mente del director que nunca ha cambiado.

Si luego de asombrarte con El arca rusa realmente quieres disfrutar de Francofonia, y es una película que merece ser disfrutada, mira primero esta pequeña maravilla de 26 minutos sobre un pintor romántico francés al que le gustaba imaginar ruinas.

Vale la pena.

Decir «GNU/Linux» también está mal

Me vino la loca idea de iniciar una sección de diatribas en este blog, un lugar desde el cual poder insultar a todo el mundo sin reservas. Aquí va la primera entrega de esta nueva misión.

¡AAAAAAL(imagina a un pingüino corriendo con una espada)AAAAAATAQUEEEEEE!


Hoy quiero aclarar dos puntos que considero importantes. Quizás mucha gente se enoje por esto, pero bueno, las cosas hay que decirlas.

La primera sorprenderá a muchos Stallmanitas por allí, pero el tema de San iGNUsio de la iglesia de emacs es (o al menos debería ser) una broma. No, en serio, el software libre no es una religión sino una metodología para producir software de calidad en una forma que beneficie tanto a los desarrolladores como a los usuarios, tratando de no dejar a nadie fuera. Y no, tampoco puede decirse que sea una filosofía como el zen, el budismo u otras cosas semejantes. Digo esto porque estoy particularmente harto de algunos partidarios del software libre tratando de «evangelizar» al resto del mundo: las licencias no son evangelios, son licencias. Tampoco puede decirse que el software libre sea «una cuestión ética» ya que la ética (o falta de ella) estará en los usuarios y desarrolladores, no en las herramientas: es el uso del objeto, no el objeto en sí, lo que puede estar sujeto a consideraciones éticas.

El segundo punto es el que da título a este artículo: es verdad, decir solo «Linux» no es correcto, pero decir solo «GNU/Linux» es aún peor.

Es posible que el señor Stallman se contente con usar bash y emacs sin servidor gráfico, pero estoy bastante seguro de que muchos usuarios de sistemas libres, incluyendo a muchos de los «extremistas» más recalcitrantes, no los utilizarían si no fuera por una interfaz gráfica medianamente accesible. Interfaz gráfica que no es parte del proyecto GNU, que se construye con un servidor gráfico con licencia MIT y un escritorio… con alguna licencia.

Pero incluso el señor Stallman tiene que conectarse a internet para publicar sus artículos, y para eso utilizará seguramente las componentes de red de su sistema operativo y un servidor web. Que yo sepa, ninguno de esos componentes es parte del proyecto GNU.

Decir simplemente Linux es una forma perezosa de decir «sistema construido sobre el kernel Linux con otras librerías y componentes», mientras que decir GNU/Linux es el acto premeditado de ignorar explícitamente todas las componentes MIT, BSD, MPL, Apache, etcétera que forman una unidad con el sistema, que lo vuelven útil.

Piénsalo un momento: quitas LibreOffice, LATEX, Firefox, Plasma o gnome, quitas todas esas cosas y te quedas con un sistema GNU/Linux «puro», ¿puedes hacer algo útil con él?, ¿verdad que no? Y no me vengas con una lista de todas las maravillosas cosas que puedes hacer con emacs, que no todo el mundo es masoquista.

Está mal el ser «solo un poco más correcto». Insisto: decir solamente «GNU/Linux» es aún más injusto que decir solo «Linux» ya que estarías explícitamente ignorando otras componentes.

En fin, llama a las cosas como quieras, que tengo edad suficiente como para saber que la gente no cambia. «Genio y figura hasta la sepultura», decía mi abuela. Solo te pido que no vengas a «evangelizarme» que ya estoy harto de esos que vienen a tocar el timbre un sábado por la mañana para darme «la buena noticia».

A quien pregunte, yo uso openSUSE Leap.


EDITO: Para un artículo con otro punto de vista sobre estos temas, consulta al amigo Victorhck

Enésima diatriba sobre “Linux vs. GNU/Linux”. Escapando del “flame”


Tranquilo, el próximo artículo será normal. Ya veremos cuándo viene la próxima diatriba. ¡Temas para protestar nunca faltan!

La historia más allá de los nombres

La ley de eponimia de Stigler, postulada en 1980, establece que ningún descubrimiento científico recibe el nombre de quien lo ha descubierto. Para demostrarlo, Stigler indica que quien primero formuló la ley que hoy lleva su nombre fue en realidad el sociólogo Robert K. Merton, aunque ideas semejantes fueron planteadas mucho antes por mucha gente.

Lo cual solo refuerza el valor de esta «ley».

Pero no nos detengamos es su apariencia de anécdota simpática: la ley de Stigler debería ayudarnos a reflexionar sobre la historia misma del desarrollo del pensamiento.

Cuando Thomas Kuhn desafió la idea de que el conocimiento evoluciona en forma «suave y acumulativa» cometió el error de ir al extremo ideológico opuesto: propuso que el conocimiento tiene claros «saltos» en su desarrollo, que él llamó revoluciones. Su idea era que luego de un período de business as usual, siempre comienzan a aparecer evidencias de que algo no va bien, generando una tensión que se transforma en crisis para finalmente resolverse con un «cambios de paradigma». Después de todo, esa idea parece llevarse bien con la narrativa que nos ofrecen los libros de historia: Primero Copérnico, luego Galileo, luego Newton, luego Einstein… y ahora solo nos queda esperar quién sigue en la lista de «heroicos revolucionarios».

El problema con todo esto es que la realidad, especialmente la realidad humana en su contexto histórico, es siempre más complicada de lo que nos gustaría admitir. Veamos un ejemplo.

En la narrativa tradicional suele ponerse la «revolución copernicana» como un punto de inflexión que cambió radicalmente la historia del pensamiento científico, pero ¿fue esto realmente así? Pues… no exactamente. No solo hablar de Ciencia, así con mayúsculas, antes del siglo XVIII es un tanto «incorrecto» (para ser suaves): Nicole Oresme discutió el heliocentrismo y una forma del principio de inercia más de un siglo antes de Copérnico y dos siglos antes de Galileo.

Y eso incluso si decidimos no hablar de Aristarco de Samos, que no solo propuso el modelo heliocéntrico en el tercer siglo antes de Cristo: ¡también colocó los planetas conocidos en el orden correcto!

Primer no: el libro de Copérnico no fue «revolucionario» en el sentido de contener ideas que nadie había pensado antes ya que mucha gente las había pensado antes. Pero un momento, me dirás, seguramente aportaba pruebas astronómicas de su modelo, ¿verdad? Pues aquí viene el segundo no: el libro es un centenar de páginas con las ideas de base seguidas de tablas y tablas de observaciones astronómicas… que él no realizó. Las primeras pruebas astronómicas en contra del geocentrismo las encontró Galileo al ver que había objetos (las lunas de Júpiter) que claramente giraban alrededor de un cuerpo distinto de la Tierra. Pero entonces tenía seguramente cálculos más completos y precisos que los existentes en la época, ¿verdad? Pues tampoco: no solo comete algunos errores matemáticos, Copérnico sigue utilizando esferas de cristal y epiciclos tal y como lo hacía Ptolomeo. Él solo cambió el centro de las órbitas de los planetas, sacándolo de la Tierra para llevarlo a un punto cercano al Sol (no el centro del Sol), idea que ya vimos no era nueva. De hecho, el propio Copérnico admite en el texto que el mejor argumento que tenía para sostener sus ideas era que resultaban «intelectualmente satisfactorias».

Círculos (incluyendo alguno excéntrico) y epiciclos en De revolutionibus orbium coelestium (la edición que tengo es parte de On The Shoulders of Giants, editado por Stephen Hawking). Y sí, otra vez una foto con la cámara del móvil.

Entonces, ¿en qué consistió realmente la «revolución copernicana», te preguntarás? Pues podría decirse que a partir de ella mucha más gente que antes comenzó a considerar el modelo heliocéntrico como algo que merecía una discusión. Antes la idea había pasado sin pena ni gloria y a partir del Revolutionibus mucha gente la tenía presente, para bien (Kepler, Galileo) y para mal (la iglesia). Es decir, la revolución copernicana consistió en presentar una idea conocida (heliocentrismo), con un modelo matemático conocido (esferas y epiciclos) en un modo que generó discusión. Lo cual no está nada mal, pero ¿es correcto tomar este punto como el centro de la «revolución» científica?

De hecho, podríamos argumentar que el cambio de paradigma en astronomía se dio en realidad más de cinco décadas más tarde con Johannes Kepler, quien tomó los magníficos datos experimentales de Tycho Brahe y buscó la mejor forma matemática que los explicara, llegando a sus tres leyes del movimiento planetario. ¿No debería ser Kepler el héroe de esta historia?

Uno de los peores pecados de la divulgación científica en particular y de la educación en general es la maldita costumbre de simplificar las cosas más de lo necesario, creando narrativas llenas de héroes y villanos más cercanos al estilo Hollywood que a la realidad. Las historias nunca son simples, los cambios nunca resultan bien definidos, las revoluciones nunca son creadas por un solo individuo en un único momento de gloria.

Asignar un único nombre al rol de «héroe», sea este Copérnico, Kepler, quien sea, es simplificar demasiado las cosas.

Quizás el mejor ejemplo de que las cosas humanas son siempre más complicadas de lo que un simple modelo pueda presentarnos es el gran revolucionario Sir Isaac Newton. Parafraseando a Neil DeGrass Tyson (quien más de una vez ha caído en el pecado mencionado más arriba) podemos decir que «Newton descubrió las leyes de la óptica, las leyes del movimiento de los cuerpos y la ley de gravitación universal, inventó el cálculo diferencial e integral y luego de eso cumplió 26 años». Newton fue ciertamente una figura clave en una revolución científica que cambió nuestro modo de ver el mundo, pero como persona inteligente que era fue capaz de encontrar no solo una explicación para los fenómenos naturales, sino también para su propia obra, diciendo en una carta escrita en 1675 a Robert Hook:

If I have seen further it is by standing on the shoulders of Giants.

(Si he visto más allá es por estar de pie sobre los hombros de Gigantes —referencia).

Newton fue un genio, posiblemente el más brillante físico teórico de todos los tiempos, pero todo lo que hizo tiene su sólida raíz en muchas cosas hechas por muchas otras personas antes de él: sin Galileo y sin Kepler, Newton no hubiera llegado tan lejos. La revolución científica necesita de la acumulación metódica de conocimientos y esta necesita de aquella: ambas están tan intricadamente relacionadas que hablar de una sin mencionar la otra es como tratar de hablar de las olas del mar sin mencionar al viento y a las mareas.

El problema de los genéricos de clase

Decir «compañeros y compañeras» o «amigos y amigas» es pesadamente redundante por lo que conviene utilizar un genérico de clase. El problema, claro está, es que en castellano este genérico es idéntico al masculino, independientemente de qué tan mixto sea el grupo.

Mucha gente ve en esto otra expresión más de una sociedad que históricamente se ha caracterizado por ser recalcitrantemente machista. El tema tiene su tela, por supuesto. Considera por ejemplo esta vieja entrada del profesor Bustos en su blog

¿Pero de verdad es sexista el diccionario?

La pregunta que deja al final queda dolorosamente abierta, pero antes de saltar al cuello de la gente de la Real Academia recuerda que el magno instituto es mayormente descriptivo, no prescriptivo. Es decir, el diccionario recoge cómo el idioma es utilizado, no alecciona sobre cómo debería usarse. Al máximo, en casos de ambigüedad sugiere una vía, pero no mucho más. Y sí, algunas sugerencias de la RAE han sido metidas de pata épicas, pero bueno, que nadie es perfecto.

El punto aquí es que los idiomas son la expresión más clara de las culturas que los crean y nuestra cultura tiene muchos aspectos que merecen, o incluso exigen, ser mejorados. Eso sí, antes de continuar me permitiré el ser tajante en una cosa: expresiones como tod@s no solo son ridículas (¿cómo se supone que tendríamos que pronunciarlas?), también llevan a inconsistencias. Por ejemplo, ¿cómo resumirías «día del niño / de la niña» usando el @? ¿Tenemos que empezar a entrenarnos con expresiones regulares para cubrir todos casos?

Eliminado entonces este uso poco feliz de la pobre @, preguntémonos seriamente cómo desfacer el entuerto.

Algunas personas, lo he notado en un par de podcast, están comenzando a utilizar el femenino para los genéricos de clase. La idea es interesante, pero debemos admitir que sigue sin resolver el problema de fondo: la molesta carestía de palabras con género neutro en nuestro idioma.

¿Y entonces? Pues no lo sé. Y es que la única solución posible sería la introducción, así a los martillazos y por unanimidad, de una forma nueva que sirva para indicar un género gramatical «indefinido», pero la verdad es que no me veo pronunciando frases del estilo «¿como estáis todis?» en una reunión de consorcio… No sé, será la costumbre.

Desgraciadamente las buenas intenciones no alcanzan para resolver problemas, especialmente cuando estos existen desde hace siglos: siempre es mejor el tratar de hacer las cosas bien de entrada, no sea que luego tengamos que corregir las correcciones. Hasta que alguna solución inteligente, y consensuada, aparezca no veo otra opción que el seguir utilizando lo que indica la norma, que después de todo no es otra cosa que lo que la mayoría usa. Si en el futuro la norma cambia a utilizar los femeninos para los genéricos de clase, bien, si cambia a un verdadero «genérico», mejor. Pero por ahora la norma es lo que es, qué vamos a hacerle.


Apéndice 1: los diccionarios de la lengua española

Contrariamente a lo que mucha gente suele creer (incluyendo algún youtuber escéptico al que cada tanto se le da por, como diría Mundstock, «opinar fuera del tarro») los diccionarios de la lengua española no son obra exclusiva de la Real Academia: la asociación de academias de la lengua española (ASALE) es de hecho parte fundamental del proceso. Esta organización fue fundada en México en 1951 y reúne a las 23 academias de la lengua española existentes en el mundo.

El diccionario de la lengua española, la ortografía, el diccionario panhispánico de dudas y el diccionario de americanismos han surgido de esta colaboración entre ASALE y RAE. Esto quiere decir que nuestros diccionarios son verdaderamente «panhispánicos» y que nos representan a todos ya que, como comenté más arriba, nuestras academias son descriptivas, no prescriptivas: puedes preguntarle a un francés lo que opina de su academia para comprender la diferencia…

Creo que tenemos que estar agradecidos de los esfuerzos de estas organizaciones, especialmente si consideramos que estos recursos son de libre acceso. Y si hay algo de nuestro idioma que no nos gusta, tenemos que darnos cuenta de que el problema no está en estas academias sino en la sociedad que ha creado esta maravillosa, si bien imperfecta, lengua castellana.

Y sí, estoy de acuerdo, los términos científicos que presenta el diccionario necesitan mejores definiciones, pero eso también llegará.

Apéndice 2: las variantes

La única persona «realmente famosa» (en el sentido de aparecer en la televisión, al menos cada tanto) a quien he visto usar regularmente el femenino para un genérico de clase es el nutricionista Aitor Sánchez, pero creo que lo hace solo en referencia a su profesión: más de una vez ha dicho que la presencia masculina en esa rama de la medicina es prácticamente anecdótica.

La única persona «conocida» (categoría un escalón por debajo de «realmente famosa») de quien sé con seguridad que utiliza el femenino para todos los genéricos de clase es el físico Héctor Socas, presentador del programa radial/podcast Coffee Break, señal y ruido, pero es solo él: ni siquiera sus contertulios lo hacen.

Sobre el uso de «tod[i|e]s» ni hablar hace falta: el que un par de trasnochados que hablan de [hack|ac]tivismo en algún podcast o blog personal que ni sus parientes siguen lo usen… pues realmente no cuenta.

Y antes de que me lo digas: soy perfectamente consciente de ser yo mismo un trasnochado que escribe en un blog personal que ni siquiera mis parientes leen. Sé muy bien que la opinión que expreso en este artículo tampoco cuenta.

En fin, que decir que hay un «movimiento» para utilizar otros genéricos es un tanto exagerado. Más que movimiento todo esto parece una siesta. «Por algo se empieza», me dirás. Y sí: por algo, que aquí todavía no hay nada.

Mozart y Papageno

Advertencia: esta entrada es una especulación sumamente arbitraria, inútil y seguramente infundada sobre música clásica, opera y uno de los mejores autores de la historia, Wolfgang Amadeus Mozart. ¡Estás advertido!


Hace un tiempo vi un viejo documental de la BBC sobre la vida de Mozart: IMDb: The Genius of Mozart (2004). Si bien el presentador no es justamente el punto sobresaliente de la obra, el documental en sí está muy bien realizado y es altamente recomendable. Al (afortunadamente breve) diálogo directo del presentador con el público lo siguen magníficas actuaciones y una música conmovedora que sirven a dramatizar las distintas escenas de la vida de Mozart. Lo más llamativo de este documental es que una parte de las apariciones de los personajes históricos (el padre y la hermana del compositor, su esposa, sus amigos) se da como una serie de «entrevistas». La verdad es que está muy bien logrado y logra atrapar al espectador.

La razón para comentar hoy este extenso documental (en total, son casi tres horas) es la mención en el mismo de algo que ya había oído otras veces, algo que suena perfectamente razonable y que casi con total seguridad fuera verdadero, pero que siempre me generó una extraña sensación de incomodidad: me refiero a la pertenencia de Mozart al orden de la francmansonería y, particularmente, a la influencia de los ideales de este orden en la composición de una (¡de las tantas!) de sus obras maestras, La Flauta Mágica.

Parece no haber dudas de que Mozart, como muchos de sus amigos y protectores, fue francmasón, llegando incluso al grado de «maestro masón» con sorprendente rapidez (perteneció al orden solo durante los últimos siete años de su vida).

La visión general de muchos críticos, visión sostenida por el documental del cual hablo al inicio de esta entrada, es que en La Flauta Mágica es posible encontrar la influencia de los valores y los rituales de la fracmasonería: Tamino, empujado por el amor que siente por Pamina, enfrenta diferentes pruebas que lo llevan desde la ignorancia creada por los engaños de la Reina de la Noche hasta la iluminación final.

Y es que analizando la obra fríamente no es difícil el encontrar múltiples simbolismos que apuntan a la búsqueda de «la iluminación», de «la verdad».

Es decir, la hipótesis de la influencia de los ideales de la francmasonería en La Flauta Mágica parece verosímil y fácil de demostrar, incluso es razonable si consideramos la historia del compositor. Hasta podría admitir que conscientemente Mozart incluyó estas influencias en forma premeditada… pero aún así…

Todos los personajes de esta magnífica singspiel tienen su momento de gloria con arias memorables: Tamino frente al retrato de Pamina, la desilusión de esta última cuando equivoca el significado del silencio del primero, la magnífica pirotecnia de la Reina de la Noche en el segundo acto, el personaje de Sarastro que requiere de un bajo magníficamente expresivo, por no mencionar los continuos juegos vocales de «las tres damas». Pero seamos sinceros, ¿cuál es el personaje que todo espectador está esperando, aquel del cual recordamos todas sus arias? ¿Quién interpreta la melodía que silbamos cada vez que La Flauta Mágica vuelve a nuestra memoria? ¿Por quién estamos todos preocupados al final de la obra?

Tenemos que admitirlo de una vez: es Papageno.

Papageno, el cazador de pájaros, el hombre simple de gustos simples, el que dice

Luchar no es lo mío.

Y tampoco deseo la sabiduría.

Soy un hombre primitivo,

que se contenta con el sueño,

la comida y la bebida

Papageno, el que no puede callar, el que tiene miedo, el que falla en todas las pruebas.

Cuando vemos a Bergman1 diciendo que él no es Alexander intuimos que de alguna forma nos está, y se está, engañando y que de hecho el severo pastor de Fanny y Alexander no es otro que el padre del director. Cuando leemos a Tolkien sabemos que el personaje de Sam no hubiera existido sin la experiencia del autor en la Gran Guerra2.

Un autor es ante todo un ser humano que piensa y siente con toda su vida. Al crear no podemos, no debemos, excluir nuestros propios anhelos: la obra no puede separarse del autor.

Mozart puso especial cariño al desarrollar la música que acompaña al personaje de Papageno y esto el espectador lo nota. Quizás Mozart buscara conscientemente la «iluminación», pero no puedo quitarme la idea de que en el fondo, oculto incluso para sí mismo, tal vez, solo tal vez, prefería la vida simple, desenfadada y sin preocupaciones que nunca pudo vivir.


1 Ya he hablado por estas páginas de la relación de Bergman con La Flauta Mágica.

2 My Sam Gamgee is indeed a reflexion of the English soldier, of the privates and batmen I knew in the 1914 war, and recognized as so far superior to myself — Cartas de J.R.R. Tolkien

El difícil arte de escribir

Hace unos meses, un lector me envió, a través del formulario de contacto del sitio, una pregunta muy interesante. En el artículo de hoy quiero explorar en mayor profundidad la breve respuesta que le di en su momento, convirtiéndola en un «ensayo» independiente. Aquí va.


En mis vueltas por la red, muchas veces me he cruzado con variaciones de la siguiente ridiculez frase: «una de las formas más simples de ayudar a un proyecto de software libre es escribir documentación sobre el mismo».

No.

Escribir documentación es una de las formas más útiles de ayudar a un proyecto de software libre, ¡pero de simple, nada!

Escribir bien es difícil, mucho (¡mucho!) más de lo que la gente cree. Requiere conocer a la perfección el software del que se habla y a sus usuarios, requiere muchísimo trabajo de planificación, buscar formas alternativas de explicar, de usar… y por sobre todas las cosas requiere dedicar horas y horas de trabajo para construir, pulir y corregir. Y luego volver a pulir y volver a corregir.

Escribir documentación útil también requiere conocer el idioma en el que se escribe, algo que, desgraciadamente, muchos escritores de la red suelen pasar por alto. Una prosa inconsistente o monótona, abusar de los signos de puntuación o el prodigarse en palabras técnicas (pecados en los que yo también he caído) no ayuda a que te comprendan.

Escribir bien es un gran desafío y un esfuerzo enorme que además requiere práctica y atención al detalle, pero el poder ayudar a los demás, incluso a través de la palabra, siempre vale a pena.

Atención, que este artículo no es para descorazonar a los potenciales escritores, sino todo lo contrario: escribir bien es un desafío, sí, pero uno sumamente gratificante y realmente útil que puede ayudar a muchísimas personas. Si te gusta escribir, ¡escribe! Lo único que te pido es que lo hagas dándole la importancia, y el tiempo, que la tarea merece.

No sé qué valor tengan, pero aquí van los pocos consejos que puedo darte.

Para empezar, una variante del viejo cliché: si escribes «a prueba de tontos» solo los tontos te leerán, pero si escribes «solo para expertos» ni siquiera los expertos te leerán. Dale a tus lectores la posibilidad de esforzarse un poco ya que solo con esfuerzo se aprende, pero no exageres.

Nunca escribas por obligación. Si bien es útil fijarse una rutina de publicación, intentar una rutina de escritura es contraproducente: si un día no tienes deseos de escribir, no escribas, que no pasa nada. Aún en esos momentos en los que solo quieres distraerte con vídeos o juegos, en el fondo de tu mente el proceso seguirá adelante y cuando vuelvas a sentarte frente al teclado verás que la pausa fue útil.

Toma la tarea como un juego personal, como un desafío, que así nunca te resultará pesada.

Pon tu afecto no solo en aquello sobre lo que estás escribiendo, sino también en cómo lo estás escribiendo.

Si puedes decir lo mismo con menos palabras o con palabras más simples, ya estás tardando en editar tu texto.

De ser posible, que otras personas lean lo que escribes antes de publicarlo: puede ser que tu familia te odie por eso, pero tus lectores te lo agradecerán.

Si no encuentras a otro friki que pueda funcionar de beta tester, antes de la revisión final deja «descansar» el texto por unos días: dedícate a otro proyecto, pon por un tiempo tu mente en otra cosa, que así al volver todo resultará más claro y te será más sencillo el encontrar errores sutiles.

También es útil, si bien no siempre se puede hacer, el tratar de «ver todo con otros ojos». Por ejemplo, traducir mi libro sobre Writer al inglés me ayudó a encontrar, y a corregir, pequeños problemas de consistencia en el texto.

En fin, diviértete escribiendo, que esa es la única forma de hacerlo bien.

Y mantén siempre a mano los diccionarios de la RAE, tanto el de la lengua española como el diccionario panhispánico de dudas: yo los uso todo el tiempo. Ya hablamos por aquí sobre cómo utilizarlos en el escritorio Plasma. También te recomiendo el trabajo del profesor Alberto Bustos, tanto en su blog como en su canal de youtube, que lo que ofrece es oro puro para quienes deben escribir en castellano.

Es más, de dejo con un par de sus vídeos:

Resumiendo: ¿quieres ayudar a tu proyecto de software libre favorito, pero no sabes programar? ¡Escribe! Pero no porque sea fácil, que no lo es, sino porque vale la pena el hacerlo.